PASCUAL GARCÍA

Ilustración: Francisca Fe Montoya

Cada vez que una lata de conservas, un botellín de cualquier refresco o un producto alimentario se me resiste en el momento de abrir el envase, me acuerdo de mi madre y de sus manos deformadas por la artrosis, sin demasiada fuerza y carentes de la destreza necesaria para destapar un elemental bote de cocacola, montar un simple caballete de Ikea o romper el precinto de la bolsa de plástico del colacao.
Tengo la impresión de que nos hemos empeñado en cerrar demasiado bien las cosas, de un modo tan hermético que su uso y disfrute resultan absurdamente complicados. Abrimos un dentífrico y todavía nos queda la ardua tarea de quitarle el precinto de la boca con la punta de las uñas o, en algún caso extremo, con los dientes. Ya digo, una misión casi imposible a veces. A esto habría que añadir la moda de retractilarlo todo, incluidos los libros, es decir, someter a los objetos a un proceso, mediante el cual se envuelven protegiéndolos con una película plástica que se adapta a su forma y que hace muy difícil extraerlos de su interior.
Todo era, sin duda alguna, mucho más sencillo antes, cuando las cajas se descubrían quitando la parte superior con las dos manos y casi sin esfuerzo, y todas las latas se abrían con un chisme al uso, en cuyo secreto mecánico debíamos adiestrarnos durante un periodo de prueba hasta hacernos con el misterio de la cosa. Abríamos latas de atún, de paté o de sardinas en escabeche, lo mismo daba; descorchábamos las botellas de vino y todos los botes girando su tapa con normalidad y sin esfuerzo. Y buena parte de los productos ni siquiera venían envasados, porque se vendían al peso o en medidas de litro; se partían recias lonchas de jamón o de chorizo y se envolvían en papel de estraza y el pan lo metíamos en su bolsa de tela correspondiente, bordada por la abuela con el nombre del artículo.
La tendencia a extremar la higiene y la seguridad, ese celo moderno por alejarnos de la naturaleza y del origen nos ha convertido en prisioneros de extravagantes formas para franquear el paso a los nuevos objetos de consumo. Todo es más engorroso, más inaccesible, más intrincado, más secreto y, al tiempo, más banal. Parece como si fabricáramos cosas con la intención de ponérselo más difícil al consumidor, porque lo verdaderamente original no es el producto, sino el modo de acceder a él, el camino tumultuoso y enmarañado de obtener la sustancia última, la técnica elaborada para sortear un laberinto confuso y no llegar a ningún sitio de provecho.
No acabo de entender el objetivo comercial de los diseñadores actuales, como no sea el de exasperarnos y el de hacernos desistir de nuestro empeño por desenvolver un caramelo, desanimarnos en el instante en que compramos un libro y debemos liberarlo del plástico opresor u obligarnos a renunciar cuando comprobamos que la bicicleta que le hemos regalado a nuestro hijo nos la han vendido sin montar y tenemos unas pocas horas hasta que lleguen los Reyes para convertir ese puñado de hierros informes en un estimulante vehículo a pedales.
Y, encima, para colmo de cinismo, han inventado el abrefácil que supuestamente permite manipular con mayor desenvoltura todos estos artefactos del mercado.
Supongo que se trata de una campaña insidiosa para desacreditarnos como las nuevas tecnologías lo han hecho con nuestros padres. Cría cuervos…