Francisco Carreño Espinosa
Tono se rodó la última semana de agosto de 2013. La historia está basada en un guión escrito hace años.
La película intenta rendir homenaje a una casa familiar. La verdadera protagonista es ese personaje inanimado, lleno de habitacfoto-linea-perdidaiones, de adornos, de muebles absurdos, de cortinas fantasmales, de silencio, de campanadas .
Dos ideas principales hay detrás de la película. Por un lado, el animismo del director, que se resiste a pensar en las cosas como seres serviles que se pliegan a nuestra voluntad.
Los objetos son enigmas. Y una de las maneras de mostrar ese carácter secreto y reservado de la materia consiste en humanizarlos. Al atribuirles intenciones, al insinuar que detrás de su mutismo puede haber una voluntad, las cosas adquieren un dramatismo que les permite participar como un personaje en nuestra vida, aliado a nuestros propósitos o enfrentado a ellos.
El expresionismo alemán consiguió hacer del espacio algo más que un lugar donde sucedían los hechos. Las sombras angulosas, los puntos de vista aberrantes, las composiciones dominadas por ángulos agudos convierten calles, casas y habitaciones en parte de nuestro destino. Son ellas las que parecen dirigirnos con su aparente indiferencia en un sentido o en otro, las que amenazan o advierten.
Es más, a veces da la sensación de que, al no haber sabido interpretar las señales cabalmente, pagamos el error de nuestra ignorancia, de nuestra falta de atención. Es como si el sentido de nuestra salvación estuviese proclamado en su lengua desconocida por los objetos que nos rodean. Pero es imposible entenderlos. Lo único que podemos hacer es otorgarles la importancia que tienen. Y dejar que nos acompañen con la dignidad de su vida simbólica, cuyos mensajes son demasiado significativos para aplicarlos a los tejemanejes de nuestro corto paso por la existencia.
La escalera de M, el vampiro de Düsseldorf, plantea a la madre de la víctima el sentido de lo que va a ocurrir. Un picado con los peldaños vacíos basta para mostrarnos que hay algo terrible a punto de suceder.
Una escalera, gracias a su verticalidad, siempre habla de la caída. Es símbolo de lo que sube, pero también de lo que baja. Y las escaleras circulares como la que aparece en Tono tienen esa forma abisal de los remolinos que nos absorben. El hueco de la escalera siempre está ahí tirando de nosotros. El desafío a la gravedad se encuentra enhebrado por el vacío.
Como recurso arquitectónico, una escalera no deja de ser un reto absoluto, mantenido en su propia estructura. A base de pequeñas horizontalidades conseguimos la verticalidad, pero al precio de mantener en todo momento el peligro en el corazón de la salvación.
Innumerables son las caídas cinematográficas por escaleras. Y muy frecuente su presencia en filmes de suspense o de acción. Podríamos recordar la última parte de Vértigo. O la inolvidable secuencia de la escalera Potiomkim de Odessa que aparece en el Acorazado Potemkim.
Las supersticiones que nos asustan cuando pasamos por detrás de una escalera tienen en el fondo un sentido simbólico bastante más «razonable» de lo que tendemos a pensar. Cuando pasamos por detrás de una escalera de mano atravesamos ese vacío intocable que hay dentro de la escalera, cruzamos un territorio prohibido, nos adentramos en la zona de caída que toda escalera encierra.
El protagonista de Tono arremete contra los objetos. Durante un tiempo los observa con cierta altivez, pero a partir de cierto grado de desesperación la emprende contra ellos por no ser capaces de facilitarle lo que quiere conseguir. Y a partir de ese momento no tendrá apenas tregua. Da la impresión de que es la casa la que juega con él, la que lo pierde por pasillos multiplicados, por habitaciones con demasiadas salidas. Las puertas se abren o se cierran siguiendo un capricho imprevisible. El viento, las llaves, son otros tantos miembros de ese cuerpo contra el que se ha establecido un duelo.
La otra idea que anda detrás de la película es la de la imposibilidad. El protagonista no puede conseguir lo que quiere. Me temo que el cine también es rico en ejemplos dedicados a ese tema. El mismo Buñuel dedicó toda una trilogía al asunto. Sus tres últimas películas son un magnífico homenaje a la impotencia: no poder llegar a tu destino en La Vía Láctea, no poder comer en El discreto encanto de la burguesía, no poder hacer el amor en Ese oscuro objeto del deseo.
Siempre me han fascinado las vueltas y revueltas que uno tiene que dar para alcanzar lo que pretende. Muchas veces para descubrir que no era eso realmente lo que quería. En todo caso, si hay algún descubrimiento, no es en el hallazgo de lo que buscábamos, sino en lo que no pensábamos encontrar. Lo revelador es el camino. Y ahí está la impotencia para recordárnoslo.
Sin lugar a dudas, ese es el camino de la creación. Uno no sabe nunca dónde va a terminar. El callejón sin salida, esos callejones sin salida a los que tantas veces llegaba Buster Keaton, te obliga a meterte por ventanas que te introducen en habitaciones deliciosas y cuchitriles insoportables. Y así, estancia a estancia uno va descubriendo un mundo, el mundo, que ya estaba allí, pero nadie lo había mirado de esa forma.
Para esta película hemos contado con un magnífico equipo formado por personas de diferentes procedencias que unieron sus facultades en un trabajo común. Hauser decía, en su Historia social del arte, que el cine recuperaba, por la implicación de tantas personas en el trabajo, ese sentido de la creación comunitaria que se había perdido con las últimas catedrales góticas.
Y realmente hay algo embriagador en ese trabajo colectivo. Magníficos compañeros de viaje se unieron para encerrarse durante cuatro días iluminando bodegas, componiendo habitaciones, acicalando ruinas, provocando sombras, planeando caídas. Una experiencia divertida y agotadora en la que todos tenían algo interesante que aportar.
Francisco Martínez, productor impenitente, desde su Jardinico, desde su laboratorio de ilusiones, consiguió reunir un equipo insuperable: Paula Noya, Lola Martínez, Mari Carmen Morenilla, María López, Antonio González, David Espinosa, Mari Carmen Espinosa y Piedad Carreño estuvieron ahí, haciendo todo lo que sabían y, a veces, lo imposible.