José Antonio Melgares Guerrero

Cronista Oficial de Caravaca y de la región de Murcia

La publicación, la semana pasada, en los medios de comunicación regionales y nacionales de la noticia del hallazgo de una pequeña Cruz de Caravaca en una estación arqueológica en el condado de Meryland (estado de Washinton), ha motivado un inusitado revuelo en la curiosidad de las gentes, sobre todo en las redes sociales.

Cruz de Caravaca levantada por los padres Franciscanos en la calle de Mercaderes de la Habana cerca del puerto

El conocimiento, primero, y la devoción y culto a la imagen de la Cruz de Caravaca en las tierras de América, comenzó muy poco tiempo después de producirse el Descubrimiento, en 1492. Los misioneros franciscanos y jesuitas, sobre todo, y también los carmelitas y muchos de los “pasajeros a Indias”, llevaban esta iconografía cristiana, que fue asumida muy pronto por la población indígena gracias a la fama que la acompañaba de “milagrosa” y también por habérsele atribuido desde antiguo un poder especial contra los elementos naturales ante los que el género humano poco o nada puede hacer (terremotos, tempestades marinas, incendios, tifones etc. tan frecuentes, entonces y ahora, en aquellas tierras del centro y sur de América). Era una imagen fácil de transportar, bien colgada al cuello o bien entre el equipaje, ya que al ser de metal no se rompía fácilmente.

Monumento a la Cruz en Santo Tomé (Argentina)

Estas piezas, fabricadas generalmente en calamina (aleación metálica de poca calidad y consistencia), se elaboraban en las fábricas de S. Juan de Alcaraz (Riopar-Albacete), donde las encargaban cofradías y hermandades de Caravaca, y también, principalmente, la Capellanía Mayor de la Vera Cruz y el Concejo Caravaqueño, para entregarlas a los “limosneros” que a partir de 1617 en que comenzó la construcción de la actual basílica, y durante los siglos XVII y XVIII, surcaron todas las tierras de España, sur de Francia, norte de África, y más tarde las tierras de la América Hispana, en demanda de limosnas para la edificación de lo que entonces se llamaba Real Capilla de la Vera Cruz. Aquellos limosneros, acreditados mediante poderes notariales (de los que se conservan cientos en el Archivo Histórico Regional) pedían limosna a comisión y llevaban estas cruces para vender o regalar a quienes eran generosos en sus donativos. Ellos fueron quienes, con sus pobres explicaciones, exagerados argumentos y su poca escrupulosa forma de contar historias exageradas conseguidas de Dios por mediación de la Cruz de Caravaca, quienes propagaron verdades, verdades a medias y también mentiras o relatos exagerados sobre la Reliquia, para interesar a los donantes o compradores de aquellas.

Modelo de Cruz de Caravaca

Las cruces a que me refiero se fabricaron en diversos tamaños, unas para colgar al cuello (las más pequeñas, como la de Maryland), y otras para colocarlas en algún lugar de la casas, generalmente sobre la mesilla de noche (frecuente en la barraca de la Huerta de Murcia) o cerca de la puerta de acceso al hogar, pues cuando rugía la tormenta en el horizonte cercano se sacaba a la fachada o a la parte exterior de la puerta de la casa, para que actuase como “detente” y protegiera las vidas y haciendas de sus habitantes. Es entonces cuando, afirmaban los limosneros, y creían a pies juntilla los donantes de limosnas, que “se abría” (forma curiosa y original de protección). Lo de “abrirse” se repite asiduamente dentro y fuera de Caravaca, e incluso en relatos llegados de allende los mares. De todas formas algo había de verdad en lo de “abrirse” ya que a las piezas que constan de dos piezas unidas por remaches también metálicos, durante el proceso de fabricación se las dotaba de un trozo de piel de buey asida a una y otra. Como es sabido, este material es muy sensible a los cambios de humedad, dilatándose y contrayéndose por efecto de la misma. Las tormentas van precedidas y acompañadas de un alto grado de humedad, con lo que este trocito de piel se contraía o dilataba permitiendo que una y otra pieza (insisto que de metal muy poco consistente), se separaran algún milímetro, y se “abriera”, según la promesa de los limosneros, y la imaginación del ya propietario de la pieza.

El denominado “horror vacui” (huída del vacío) del barroco, exigía que la superficie del espacio vertical y también de los horizontales se decorase, según la misma lo permitiese. Y se decoró con motivos de la pasión de Cristo (látigo, martillo, tenazas, túnica inconsútil, escalera, lanza, clavos, dados, corona de espinas etc. e incluso el sacerdote Chirinos revestido de los ornamentos para celebrar la misa). A veces se incluía en los extremos del travesaño largo, dos cabezas coronadas (las de Ceyt-Abuceyt y Aixa, su favorita), y en el extremo inferior del eje vertical una calavera o figura de un oferente arrodillado (con el que se identificaba el propietario de la pieza).

Otro modelo de Cruz de Caravaca

Frecuentemente entre las dos partes se colocaba un paño de tela de color verde o rojo, para aportar color al conjunto, color que se apreciaba por las ventanitas decorativas de la superficie de la cruz, lo que también era un efecto barroco. La tela referida, en la inmensa mayoría de los casos se ha perdido, por efecto del paso del tiempo y su propia naturaleza orgánica, tras ser expuestas las piezas a las inclemencias del tiempo, sobre todo la lluvia y la nieve.

Conocemos por la documentación existente abundantes nombres de pasajeros a Indias, por el catálogo de los mismos, que de seguro llevaban colgadas al cuello cruces pequeñas, o grandes, como ahora hacemos muchos de nosotros. Y Conocemos también narraciones de sucesos sobrenaturales con la Cruz de Caravaca por medio, como el sucedido al jesuita Alonso Sánchez, quien personalmente narró a Juan de Robles Corbalán (historiador de Caravaca que escribió su  “historia” en 1614), lo ocurrido a él mismo en un viaje, a salir de Acapulco, en Nueva España (Mexico), por el Mar del Sur, camino de las islas Filipinas: “Hubimos de hacer frente a una terrible tormenta, salvándonos del hundimiento gracias a que descolgué, en el cabo de una cuerda, una Cruz, de estaño, de Caravaca retocada a la Reliquia, que siempre llevaba colgada al cuello, la cual arrojada al mar, evitó llegaran las olas a la embarcación. Y repetido el acto, se aplacó la tempestad, lo que permitió mi arribo a Manila, aunque muy destrozado el barco”. Sucesos como este, narrados por quienes los vivieron en primera persona, o escucharon de otros, aumentaron considerablemente la fe y la devoción a la Reliquia Caravaqueña.

No es extraño encontrar cruces, pequeñas o grandes en la exhumación de cadáveres que se enterraron con ellas al cuello. Es el caso del santo franciscano mallorquín S. Junípero Serra, apóstol de California, que falleció en agosto de 1784 en Monterrey. Cuando se exhumó su cuerpo durante el proceso de canonización, su cadáver llevaba al pecho una Cruz de Caravaca, a manera de pectoral, con la que se le representó en el tapiz oficial que se desplegó en la Plaza de San Pedro de Roma el día de su canonización, por S. Juan Pablo II.

Otras veces, estas cruces, en España y América, se encuentran en el campo, bien porque se le cayera a alguien, o porque “alguien” la colocó en ese sitio, con el fin de que actuara como “detente” contra las tormentas amenazadoras de cosechas.

La Cruz de Maryland hay que pensar que se encontrara en un contexto arqueológico de carácter funerario, lo que aún desconocemos, o fuese perdida por alguien que la llevaba colgada al cuello. La rotura del orificio por donde se asía a una cadena para colgar, induce a pensar en que, por culpa de esa rotura (a causa de un hipotético tirón voluntario o involuntario), la pieza cayó al suelo, donde ha permanecido durante casi 300 años. La datación temporal y la limpieza están bien hechas por los arqueólogos, bajo mi punto de vista. Nos falta la publicación del informe científico para conocer otros detalles, con los que podremos llegar a conclusiones definitivas.

Invito a los lectores interesados en el tema, a leer el catálogo de la exposición “La Cruz de Caravaca: expresión artística y símbolo de fe”, celebrada en Cajamurcia de Caravaca del 9 al 25 de mayo de 1997, y mi texto en el catálogo de la exposición “La ciudad en lo alto” “La Cruz de Caravaca en América”, Celebrada en Caravaca, para inaugurar la Iglesia de la Compañía, por la “Fundación Cajamurcia”, en el Año Jubilar 2003.