Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Me dicen que mi amiga Candy suele leerles a los ancianos del Hogar de Moratalla alguno de mis artículos semanales y yo me siento recompePersonas Mayores Moratallansado y conmovido por disponer de semejante público lector. No me hace falta apelar al tópico de la sabiduría y de los años, porque conocí a todos mis abuelos, conviví con ellos y aprendí mucho; porque he trabajado de joven con hombres y mujeres mayores, incluso con ancianos y me siento mucho más cerca de algunos que de los niños o de la gente joven. Reconozco que, como en el caso de mi padre, suelen contar las mismas historias muchas veces, pero nunca lo hacen del mismo modo y, si uno tiene la paciencia suficiente para escuchar y la habilidad para extraer de sus relatos la sustancia misma de la vida, nos sorprenderán siempre y nos darán muy a menudo una lección gratis.
Sé que el tiempo de los mayores casi ha pasado y que venimos adorando al falso becerro de la juventud a ultranza, por muy estúpida, impulsiva y ciega que sea, desde hace algunas décadas. La etiqueta de joven es hoy casi una garantía de calidad, de vigencia, de frescura y de fuerza, pero hemos relegado por prejuiciosabsurdos, la experiencia, el conocimiento de primera mano y esa cultura honda que otorga haber vivido mucho y haber reflexionado mucho mientras tanto.
La belleza es, asimismo, otro de esos escollos en los que andamos varados, porque nos estamos empachando de tanta carne, de tanta piel y de tanta estética, mientras que las arrugas, el carácter que concede un rostro labrado por el tiempo, unos ojos que han visto tanto y unos oídos que lo han escuchado casi todo no poseen el prestigio que deberían. Un libro o una obra de arte no es vieja o nueva, es buena, es necesaria y es importante. Claro que no resulta sencillo explicarle esto a quienes desprecian ya el penúltimo chisme informático que nació hace dos meses o la película que estrenaron la semana pasada o el rutilante último modelo de ese coche que integra la más moderna y reciente tecnología.
Durante una década anduve escribiendo y publicando crítica literaria en La Verdad; llegó el día en que estaba saturado de tantas novedades insustanciales, que solo el paso de los años seleccionaría; así que lo dejé de forma voluntaria y me dediqué a leer y a releer a los clásicos, por gusto, es decir a los viejos, desde Homero a Proust y desde Lope de Vega a Clarín. Y me encontré de nuevo con la fascinación del genio universal, de lo que nunca muere porque es eterno.
Resulta una tarea encomiable la de mi amiga Candy, porque, como le pasa ya a mi padre, muchos de esos ancianos empiezan a no ver bien, y otros agradecen que se les explique el significado de algún término. Cuando voy a mi casa de Moratalla, mis hijos suelen leerle a su abuelo alguno de esos artículos y mi padre recibe el doble orgullo de escuchar la resuelta dicción de sus nietos y las palabras bien acordadas de su hijo.
Para cualquier escritor que se precie, el convencimiento de que alguien disfruta con interés de su obra en alguna parte supone un premio, el honor de ver cumplido el fin de su trabajo, porque nadie escribe solo para él mismo y porque ese encuentro con el lector es pura magia.
Que me lean en Moratalla, que una persona inteligente como Candy lea a un grupo de ancianos, entre los que tal vez se encuentren mi padre y mi tío, las palabras que escribí de un modo inconsciente, sin vanidad y sin intereses espurios, es un galardón que no sé si merezco, pero por el que doy las gracias cada día.