José María Ortega González.

A los gobernantes de todo tipo y condición les gustaría que la paciencia del pueblo fuera infinita. Será la condición humana y la tendencia a buscar la propia comodidad. Ya lo dijo Rajoy, “yo no soy el Santo Job, Santo Job sólo hay uno”, cuando comenzaron las noticias sobre la trama Gurtel, y anunciaba medidas, que nunca llegaron, contra la corrupción en su partido. Es verdad, Rajoy no es Job, pero el pueblo español y los paganos de la crisis tampoco. Estoy escuchando en los últimos días ciertas opiniones que hablan de los escraches, es decir, de las protestas de la ciudadanía frente al domicilio de ciertos políticos, como algo inaceptable y nazi. En este país, es tocar los intereses del poder, y le identifican a uno con un terrorista. Miren lo que le está pasando a Ada Colau, portavoz de la Pah, van a por ella, (ya le han encontrado que no tiene hipoteca, ¡madre mía!) igual que van a ir a por Elena Cortés, la Consejera Andaluza de vivienda, por demostrar que sí se puede paralizar la política de desahucios. La van a llamar “la comunista” en tono despectivo. El caso es que tenemos una generación de políticos que desean ser representantes populares entre algodones. La legislatura como paseo de vino y rosas, premios, canapés y algún polvo de lujo. Por increíble que parezca, estos representantes políticos (El problema es a quien representan…) actúan como si creyeran que los jaguars regalados por un empresario a la Ministra de Sanidad no tienen nada que ver con nuestra ruina, que Mercadona, Sacyr y otras grandes empresas le dan dinero al PP a cambio de nada, que pasear por la ciudad es pasear por un jardín sin problemas, que ir a un pueblo consiste en levitar por las calles mientras las personas te besan la mano agradecidas; que uno decide lo que sea, en beneficio de los poderosos y no pasa nada, nunca pasa nada. Pero se equivocan, si pasa. Deseo, además que pase mucho más. Que se le arruinen los auto-homenajes que se auto-organizan nuestros alcaldes, los premios hipócritas que otorga el subvencionado al que subvenciona, las entrevistas aduladoras previamente pagadas a la emisora de radio con publicidad institucional. A la política, al menos en democracia, se viene llorado, se viene un poco endurecido por la vida real; porque las consecuencias de las decisiones políticas afectan a personas. Sí, seres humanos sobre quienes se aplican las medidas, a menudo injustas, que tienen derecho a protestar y a decir que ¡ya basta! de castigar a los que no han provocado la crisis. Es justo que nuestros representantes vean los ojos de la indignación, igual que verán los de la alegría, en el caso de que alguna vez vuelva el progreso a nuestra sociedad. Es necesario que reflexionen sobre sus decisiones, que no son ni anónimas, ni inocentes ni inocuas. Si los tiempos son duros para el pueblo, que lo sean también para los que dicen ser sus representantes. Esto no es la corte de Versalles, el miedo no puede permanecer agazapado siempre en las mismas personas, tiene que cambiar de bando. Gestionar los asuntos de la “polis”, involucrarse en los problemas del pueblo tiene, desde su invención por los griegos, sus ventajas e inconvenientes. La democracia es digna y honorable, pero incómoda. Me revienta la doble moral, el fariseísmo con el que algunos reclaman ser políticos intocables, a los que no se puede ni reprochar las medidas injustas que aprueban, como tirar a la basura la Iniciativa Legislativa Popular sobre la dación en pago, con sus tres millones de firmas. Cuánto les importan los escraches, qué poco les importó votar leyes para la especulación, favorecer el despilfarro de la banca, que luego rescatamos entre todos; que la gente se quede sin nada y en la calle en aplicación de una Ley hipotecaria que el Tribunal de la Unión Europea ha considerado abusiva porque deja literalmente “tiradas” a personas que lo han perdido todo. Estos diputados y diputadas son como toreros que sólo quieren toros mansos en corridas tan trucadas como bien pagadas. Pero, eso sí, que nadie proteste en la plaza ante la mala faena, porque entonces vendrá la policía a protegerles. Después de todo, la historia se repite: cuando faltan razones, llega la caballería.