Francisco Fernández García (Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Durante la Guerra de Independencia Caravaca tuvo una destacada actividad, siendo la primera villa del reino de Murcia en rechazar a José Bonaparte y declarar oficialmente su apoyo a Fernando VII, aportando durante todo el desarrollo de la guerra, víveres y personas. A pesar de ello no se libró de la presencia de los franceses, que se apoderaron de Caravaca durante los últimos días de abril y primeros de mayo de 1809, alterando sustancialmente la celebración de las fiestas de ese año. Hay que tener en cuenta que desde junio de 1808 la Vera Cruz permaneció en la Parroquial «para consuelo y sosiego de los vecinos» al considerarse que en ella se custodiaría con mayor seguridad, reintegrándose a su capilla en noviembre de 1809, circunstancia que se repetiría dos años mas tarde manteniéndose en esta ocasión en la parroquial hasta prácticamente la conclusión de la guerra. De los días que estuvieron los franceses en Caravaca existen ciertas referencias documentales relativas al suministro de cereales a las tropas invasoras acampadas en Librilla y Pliego, aunque en este último caso no llegó a entregarse el cargamento pues cuando llegó ya habían partido los franceses «todos derrotados precipitadamente para Lorca, sin quedar ni uno».

A partir de su marcha comenzaron a temerse que se produjeran nuevas incursiones. El 17 de junio de este año llegó la noticia de que las tropas invasoras en encontraban en las cercanías de Guadix y Baza, por lo que se convocó a la Milicia Armada para que estuviesen preparados y defender la población en caso necesario. Pocos días después, el 22 de junio corrió el falso rumor de que los franceses estaban en la Corredera, llegando a producirse escenas de pánico entre los vecinos que se apresuraban a buscar refugio en sus casas.

El 7 de noviembre, también de 1810, se reunió el ayuntamiento «haviendo justisimos fundamentos para temer que los enemigos imbadan este pueblo» decidiendo poner vigilancia en los caminos de Vélez-Blanco, Puebla de Don Fadrique, Huéscar y Lorca «a fin de evitar las funestas consecuencias que justamente deben temerse de ser sorprendidos». Pese a todo, a primeras horas de la mañana del día 9, un destacamento francés bajo el mando del coronel Conde de Espard compuesto por 700 soldados de caballería y 200 de infantería, se presentaron en la villa de Caravaca exigiendo la entrega de 200.000 reales como contribución a los gastos de su ejército. El ayuntamiento intentó una rebaja argumentando que no tenían tal cantidad de dinero; tras diversas negociaciones la suma quedó reducida a 160.000. Parece ser que esta decisión se debió en gran medida a los ruegos que realizó al coronel francés Dª. María del Sacramento Romero Valdés, dama de la alta sociedad caravaqueña en cuya casa estuvo alojado.

Los invasores permanecieron en Caravaca hasta el día 12 en que se marcharon tras haber dado muerte a varias personas y saqueado los comercios y las casas más ricas de la población. También fue objeto del pillaje el Templo de la Stma. y Vera Cruz de donde un oficial sustrajo la Custodia, hecho que ya relaté en un artículo anterior, quedando destruido asimismo gran parte de su archivo.

Agustín Marín de Espinosa en su libro de 1856 Memorias para la historia de la ciudad de Caravaca (y del aparecimiento de la Sma. Cruz)cuantifica en mas de un millón de reales, incluyendo la referida contribución, lo que los franceses se llevaron de Caravaca, cantidad que corrobora un documento existente en el Archivo Ducal de Medina Sidonia. Sin embargo parece ser que realmente no fue tanto ya que algunos vecinos exageraron acerca de sus perdidas. Tal fue el caso de D. Ildegardo Torrecilla del Puerto que declaró que los franceses habían penetrado en su casa el día 10 por la noche llevándoselo todo, sin embargo sus vecinos y otros testigos presenciales manifestaron que vieron entrar a varios soldados por el balcón saliendo algo después solamente con alguna ropa. Alarmados por este suceso y en previsión de futuras visitas en diciembre de ese mismo año se ordenó la fortificación del castillo, lo que se produjo en la primera mitad del año siguiente, dotándose al mismo de 14 cañones de gran calibre, 1 obús y 400 artilleros. Hace ya algunos años tuve la suerte de localizar a través de la Sección de Documentación del Servicio Geográfico del Ejército los planos de estas obras de fortificación, cuya copia se puede contemplar en el Museo del Castillo. Caravaca se convertiría a partir de entonces en sede del Cuartel General de la Zona Centro, con un importante contingente militar que en algunos momentos sobrepasó los 3.000 soldados, siendo también el lugar elegido en diversas ocasiones por los generales Elio, Freire y Blake para fijar sus cuarteles.

Además del relatado, durante el resto de la guerra tuvieron lugar varios incidentes más. El primero de ellos el 15 de octubre de 1811, ese día los franceses intentaron llegar a Caravaca pero las tropas acuarteladas en la población les hicieron frente y los persiguieron hasta que les dieron alcance en el paraje de Santa Inés, junto al río Argos, donde se produjo una pequeña escaramuza con victoria final de los españoles. Dos meses después, el 18 de diciembre, tras saquear Moratalla volvieron los franceses a intentar atacar Caravaca, siendo repelidos en esta ocasión por el bombardeo de los cañones del castillo y los disparos de fusil de los soldados y vecinos parapetados tras los muros y cercas dispuestos para defensa de la villa.

A lo largo del año 1812 hubo «continuas ocurrencias de venida de franceses», produciéndose diversos saqueos en los campos y huertas cercanos a la población, pero sin llegar nunca a ella. La última vez que las tropas napoleónicas se acercaron a Caravaca fue a finales de septiembre de 1812 con motivo de la retirada del Mariscal Soult de Andalucía a Valencia. Establecieron su cuartel en el paraje de Santa Inés, siendo hostigados por fuego de artillería desde las posiciones del castillo, aunque inicialmente decidieron instalar algunas baterías para disparar contra el castillo y la población, respondiendo así al ataque, al llegar el Mariscal al lugar donde las estaban emplazando ordenó desmontarlas y continuar la marcha atravesando lo más rápido posible la zona de peligro para evitar el retraso que esta operación acarrearía. Debido al elevado número de soldados integrantes de este ejército, unos 45.000, su paso duró 4 días, desde la noche del 26 hasta el 30 de septiembre.