Francisco Fernández García/(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Carlos IV ocupó el trono de España al día siguiente de la muerte de su padre. Un mes más tarde, el 17 de enero de 1789, fue proclamado oficialmente. No obstante y debido a los seis meses de luto decretados por el fallecimiento de su antecesor, su exaltación al trono no se produciría hasta finales de septiembre.

Este notable acontecimiento fue muy celebrado tanto en la capital como en las principales villas y ciudades del reino. En Caravaca el ayuntamiento se reunió el 28 de septiembre para decidir el programa, como andaban algo escasos de recursos además del propio acto de proclamación solamente acordaron realizar una función religiosa en la iglesia de El Salvador con misa cantada y Te Deum de acción de gracias y tres días de máscaras para regocijo del pueblo, quedando pendiente fijar las fechas en que se ejecutarían ya que se quería que los actos estuviesen presididos por el retrato del nuevo rey, encargado a comienzos del verano a un pintor de la corte para la sala del ayuntamiento, cuya entrega estaba próxima. Enterada de ello, la Cofradía de la Stma. Cruz presentó un memorial mediante el cual su Hermano mayor D. Diego de Uribe, Marqués de San Mamés, se ofrecía a costear personalmente una función de novillos durante tres días para dar mayor realce a la celebración, destinando los beneficios a la fábrica del Santuario de la Cruz. El ofrecimiento fue aceptado, comprometiéndose el ayuntamiento a suministrar los mil pinos necesarios para la construcción de tablados y barreras y acondicionamiento de la plaza.

El 31 de octubre volvió a reunirse el ayuntamiento para ultimar el programa de actos, señalando el día 8 del mes siguiente para la Proclamación «en la forma acostumbrada» y ceremonia religiosa y los tres siguientes para las fiestas de novillos y máscaras, disponiendo asimismo la iluminación general y adorno de los balcones del edificio del ayuntamiento e invitando a los vecinos a que hicieran lo propio en las fachadas de sus casas para «mayor lucimiento de una funcion obsequiosa tan devida como la presente».

La Cofradía de la Ssma. Cruz aprovechó esta circunstancia para aumentar sus prerrogativas, presentando el 6 de noviembre una nueva solicitud pidiendo que se le permitiera asistir al acto de la Proclamación como corporación propia, ya que «los individuos de que se compone esta Ylustre Cofradia son personas de la primera distincion». El Ayuntamiento, agradecido por su aportación económica, accedió a ello haciendo extensiva esta deferencia a «qualesquiera funciones en las que ambos distinguidos Cuerpos concurran», si bien no podían colocarse junto a los miembros del gobierno municipal, sino separados de ellos por los porteros del Ayuntamiento.

Aunque eran tres las corridas programadas, finalmente se amplió su número a cuatro, celebrándose la primera el día 9 y la última el 12 de noviembre. El Marqués no escatimó en gastos y para que «fueran mas divertidas” y prevenir posibles accidentes “se proporcionaron lidiadores para que capearan para evitar que el paisanaje sin inteligencia lo hiciese, obiando por este medio cualesquier desgracia que pudiera ocurrir, y dar mas cuerpo de seguridad y lucimiento a las funciones». Sin embargo, la notoriedad de estas corridas se produjo como consecuencia de los escándalos y alborotos que se ocasionaron durante las mismas, al matarse los toros careciendo de licencia para ello, lo que fue objeto de una larga y compleja investigación en el tribunal de la Real Chancillería de Granada.

La primera tarde la presidencia recayó en el regidor D. Juan Torrecilla, ya que el alcalde mayor D. Juan Antonio de Soto Flores de Acevedo, de «avanzada edad, de mas de sesenta años», estaba enfermo a causa del frío que soportó en la tarde anterior durante la ceremonia de proclamación. Se inició la función con el despeje de la plaza por la tropa y ministros de justicia, a continuación con toda pompa y a los sones de la música se descubrió el retrato del rey colocado bajo un dosel en el balcón del ayuntamiento, donde se encontraban también las autoridades. Seguidamente lanzaron desde el referido balcón la llave del toril a uno de los lidiadores para que se iniciara la corrida. A punto de finalizar la lidia del primer novillo, cuando iban a proceder a su retirada, comenzó al público a proferir gritos, pidiendo su muerte; lo que atajó el presidente poniéndose en pié y dirigiendo firmemente la mirada a los espectadores mostrando su desagrado. En el segundo novillo continuaron los gritos de forma mas generalizada e intensa, pero prosiguió el festejo con normalidad, siendo retirada la res cuando ya mostraba evidentes signos de cansancio. Durante la lidia del tercero el presidente observó que algunos de los toreros llevaban banderillas en las manos, por lo que los hizo subir al balcón para aclarar la situación. Contestaron que se las habían dado para que avivasen a los novillos algunas personas a las que no conocían al no ser ellos de este pueblo. Les reprendió su actitud ordenándoles que siguieran estrictamente lo dispuesto en las reales órdenes, pero al ver como se guardaban las banderillas «se levanto un excesibo y universal clamor de hombres mugeres y niños diciendo viban viban nuestros Reyes y repullense y matense los novillos pues en obsequio de sus majestades no se deven impedir estas, ni otras diversiones», amenazando a los toreros y obligándolos a volver a cogerlas y clavárselas a los novillos, por lo que el presidente no tuvo mas remedio que consentir para evitar alteraciones mayores. Viendo el presidente que uno de los lidiadores empuñaba una espada, mandó que subiera nuevamente al balcón para ordenarle que no lo matase. Al darse cuenta los espectadores de lo que estaba sucediendo, volvieron a gritar pidiendo la muerte del animal «viban, viban nuestros Reyes y matense los novillos». La situación llegó a tal extremo que, temiendo por su integridad física, el presidente condescendió a ello, no sin antes mostrar su enfado y oposición dándose la vuelta y permaneciendo de espaldas el resto de la lidia del novillo, sin querer presenciarla así como tampoco su muerte. Finalizada esta mandó recoger la llave del toril, dando por concluido el festejo, el público se opuso, por lo que se retiró al interior intentando de ese modo que la gente abandonara sus localidades, pero como continuaban saliendo novillos a la plaza, volvió a ocupar su asiento ordenando al escribano que levantara testimonio de todo lo sucedido.

Concluido el festejo puso en conocimiento del alcalde mayor los hechos, excusándose para presidir las siguientes corridas, por lo que tuvo que ser este el que lo hiciera, ya que a pesar de su enfermedad no quiso delegar en nadie en vista de los sucesos ocurridos y temiendo que volvieran a repetirse. Tampoco el pudo controlar al público por lo que durante los tres días siguientes volvieron a producirse incidentes semejantes, matándose los toros e incumpliéndose las leyes.