Francisco Fernández García/Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

La celebridad de la Vera Cruz de Caravaca se fundamentó en sus cualidades protectoras ante situaciones adversas de toda índole, especialmente epidemias, plagas y fenómenos meteorológicos, y en los innumerables milagros que le atribuyeron los diversos autores que, sobre todo, en los siglos XVII y XVIII escribieron sobre su historia. Sin embargo su fama de milagrosa es anterior ya que fue uno de los motivos que decidieron a Clemente VII a conceder la bula de 1392: «por los grandes milagros que ha obrado, y todos los dias obra la divina clemencia». Asimismo, existía en su capilla un cuaderno donde se iban anotando todos los milagros que se le imputaban, lo que conocemos gracias a la narración que don Martín de Cuenca hizo de la visita realizada a Caravaca en 1556 por don Diego de Loaysa, obispo de Madrusia, durante la cual ordenó copiar el referido cuaderno a un nuevo pergamino, que todavía se conservaba en 1722.

 

De los milagros atribuidos apenas existen testimonios documentales, a excepción de unos pocos entre los que se encuentra el que a continuación voy a narrar y que tuvo lugar en el año 1591. El documento, que no prueba la veracidad del hecho, sino que lo ocurrido fue tan misterioso e inexplicable para quienes lo vieron que fue investigado por las autoridades, se conserva en la Sección de Manuscritos de la British Library de Londres y ha sido publicado en dos ocasiones en la Revista de las Fiestas.

El extraño suceso tuvo lugar la tarde del jueves 7 de noviembre del antedicho año de 1591; al anochecer de ese día, alrededor de las 7 de la tarde, sobrevino una gran tormenta con «relampagos, truenos, agua y bientos» que produjo el derrumbe de varias casas y el hundimiento de muchos tejados, la oscuridad era total y solo el resplandor de algunos rayos iluminaba fugazmente la tenebrosa noche, los pocos vecinos que aún permanecían en las calles corrieron despavoridos a sus casas en busca de refugio. Algunos de ellos alzaron la vista hacia la torre del castillo donde se encontraba la capilla de la Vera Cruz implorando su mediación para que cesase la tormenta y vieron una serie de luces en torno a ella, que atribuyeron a la presencia de Juan Martínez, capellán de la Cruz, y otras personas que habían acudido allí para realizar el acostumbrado conjuro protector: «Aviam bisto ençima deel chapitel donde esta la dicha Santa Reliquia mucha luz que pareçia aber candelas ençendidas y otra luz en medio dellas, mayor y mas respladeçiente que las demas». Al día siguiente no había mas comentario entre los vecinos que la tormenta de la noche anterior, pero en ese momento supieron que debido a su intensidad nadie, ni el capellán ni otra persona alguna, pudo subir al castillo. Como no encontraron ninguna explicación a lo sucedido creyeron que había sido la propia Cruz sola, quien para protegerlos había salido de su capilla y se había dirigido a la torre con las habituales luces: «se entendia quela dicha sancta Reliquia milagrosamente seauia su bido a lo alto dela dicha torre a remediar la dicha uilla y vezinos della como otras bezes la avia remediado en las tempestades que auia avido».

El relato llegó a oídos de don Pedro de las Cuevas, gobernador y justicia mayor, quien decidió que se investigase lo acontecido para aclarar el extraño suceso. El primer testigo fue el escribano Fernando Melgares de Aguilar «ombre prinçipal y de mucha fee y credito», cuyo testimonio era fundamental ya que vivía en el castillo «en los quartos nueuos queestan junto delas casas y salas de la torre de la Sanctisima cruz», declarando bajo juramento que la noche anterior, al comenzar la tormenta, salió su hijo al corredor y vio luces en la torre; al entrar en la casa le dijo que el capellán estaba celebrando el conjuro, llamándole la atención que no se tocase la campana, a continuación salieron sus otras hijas para verlo y mas tarde él y su esposa. Queriendo comprobar si era el capellán el que estaba en la torre se dirigieron a la capilla de la Cruz, encontrándola cerrada con llave. Después fueron a la casa del alcaide, donde se guardaban las llaves, y cogiéndolas abrieron la puerta de la torre de la Cruz, pero no advirtieron nada por lo que salieron al exterior para seguir observando las luces: «Avia um bulto casi çerca tan grande y del tamaño de un sombrero pequeño de resplandor que casi se beyan las tejas del tejado y que se auian estado mirandolo casi çerca deun quarto deora y que en el mismo tejado a la esquina que cae hacia la barbacana auia bisto ansimismo vna luz muy pequeña como amanera de luz de vela pero queno rresplandeçia tanto como si fuera luz de vela y que todo esto duraria çerca de dos oras y media». A continuación declaró Damiana de Robles, su esposa, corroborando todo lo dicho por su marido.

El tercer testigo fue una vecina, Juana García, quien declaró que al oír la tormenta se asomó a una ventana de su casa, situada en el arrabal de las Eras (Cabezos, plaza de San Sebastian, etc) frente al castillo, viendo un «grande bulto de resplandor y lumbres muy grandes» que le cegaron la vista «y que con esto seauia entrado en suaposento y queauia tornado a abrir la ventana y asomandose aella y queauia visto las dichas luzes como antes las auia visto y que como espantada auia ymbocado el nombre de Nuestra señora y de la sanctisima». Para verificar su testimonio el gobernador y el escribano se trasladaron a la referida casa para comprobar si desde allí se veía la torre, lo que resultó ser cierto.

Seguidamente testificaron tres vecinos, Juan Calvete, Gonzalo Fernández y Juan Martínez Aznar, quienes atestiguaron que la tarde anterior regresaban del campo intentando llegar a la villa, pero no pudieron hacerlo debido a la tormenta y la crecida del río, por lo que tuvieron que pernoctar en la hacienda jesuita de Santa Inés, viendo «como en toda aquella uilla no pareçia ninguna luz y queen lo alto del chapitel de la dicha torre de la santa bera cruz y que alli avia dos luzes la una de gran resplandor y que la otra estaua haçia la uarbacana y que no resplandeçia tanto y que estas luzes seauian visto patentemente».

Finalmente le toco el turno al capellán Juan Martínez, quien afirmó que debido a la intensidad de la tormenta no pudo subir al castillo, aunque si tuvo intención de hacerlo «y que era tanto el rumor de los truenos y relampagos y agua dela dicha noche que de ninguna manera pudiera auer en el dicho puesto ninguna lumbre artifiçial que pudiera arder ni relumbrar como seauia dicho relumbrauan las dichas luzes y lumbres».

En vista de todo lo cual se tuvo por cierto lo sobrenatural del suceso, acordando celebrar una procesión solemne en acción de gracias con la participación de todo el clero y los religiosos de los conventos de Caravaca. A ella acudieron «muchos vezinos de las villas comarcanas y alli se enseño la dicha santa Reliquia y se le dieron muchas graçias por las mercedes y benefiçio reçeuido».

El testimonio de lo sucedido fue recogido en un acta fechada en Caravaca el 8 de noviembre de 1591, hoy desparecida, pero cuyo contenido conocemos gracias al traslado realizado el 8 de enero del año siguiente por el escribano Sebastian Torrecilla a petición de «Alonso Carreño y Robles por su particular ynterese y en nombre de toda aquella re publica, y Gutierre de Robles, scriuano publico della y dela cofradia de la Sanctisima beracruz y en nombre desu Cofradia y delos demas hermanos y mayordomos della», que es el que se conserva en la British Library. Robles Corbalán en su libro de 1615 narra también este suceso basándose en otra copia fechada en Moratalla el 28 de junio de 1594 ante el escribano caravaqueño Ginés Salmerón.

Evidentemente la explicación que dieron a los hechos es mas que dudosa, pero en caso de ser ciertos los testimonios ¿que fueron las misteriosas luces que se vieron esa noche sobre el castillo?