Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

La ermita de San Jorge fue uno de los muchos edificios religiosos que existieron en nuestra ciudad en tiempos pasados. La historia de este pequeño templo se remonta a finales del siglo XVI, dando nombre al cerro donde se localizaba, lo que fue causa de erróneas interpretaciones sobre el mismo, relacionando su origen con el asentamiento y presencia de tropas catalanas en él durante la edad media.

La devoción a San Jorge existía con anterioridad a la ermita ya que las Visitas de la Orden de Santiago correspondientes a los años 1494 y 1498 relacionan la presencia de una imagen de este santo en la también desaparecida ermita de San Bartolomé. Sin embargo no sería hasta 1596 cuando el concejo de la villa decidió dedicar una ermita a este santo. En esa época el concejo estaba construyendo una ermita bajo la advocación de Nuestra de la Soledad en uno de los cerros cercanos a la entrada de la población; no obstante, la frecuente aparición de langostas en los campos originaban enormes daños económicos destrozando y haciendo desaparecer las cosechas hizo que a comienzos de 1596 el gobierno municipal se replanteara sus prioridades, optando por dedicar a este santo, al que habían adoptado como protector ante las referidas plagas de langosta, la nueva ermita y trasladar la advocación de Nuestra Señora de la Soledad a la antigua parroquial, donde en esa época se encontraba una imagen de esta Virgen. El acuerdo para efectuar el cambio tuvo lugar en la reunión celebrada por el concejo el 5 de enero de ese año: “Tratose en este cabildo que la ermita questa billa tiene en el cabeço del molino para Nuestra Señora de la Soledad sea para el Señor San Jorje, questa billa le a tomado por abogado para la langosta atento que Nuestra Señora de la Soledad esta en la iglesia vieja desta billa”.

Esta disposición hizo que se acelerara la obra, decidiendo el concejo de la villa el 7 de marzo de ese año comisionar al regidor don Bernardino Girón y al alférez mayor don Pedro Muñoz de Otálora para que “puedan pedir limosna entre los vecinos desta billa” con el fin de obtener fondos para poder finalizarla. La necesidad era tanta que, aunque no estaba terminada, el concejo decidió comenzar a utilizarla de inmediato, ya que durante la ultima temporada las cosechas se habían visto muy perjudicadas por la langosta, siendo esto motivo también de que el 20 de mayo se ordenase la celebración de una novena de misas cantadas con diacono en la capilla de la Vera Cruz y de que el 7 de junio se diese aviso al religioso franciscano fray Francisco Castellanos para que viniese a Caravaca a conjurar la langosta. Así pues, el 8 de abril de ese año se dieron las últimas disposiciones para que se aderezase en lo posible para que se pudiera celebrar en ella la festividad del santo, señalada para el 23 de ese mes.

Las obras continuaron durante todo el año de 1596 y también durante los primeros meses del siguiente; sin embargo no se consiguió que estuviesen concluidas para la festividad de San Jorge de 1597, por lo que para evitar los inconvenientes experimentados el año anterior se decidió trasladar su celebración a la parroquial de El Salvador, aunque se realizó una procesión hasta la ermita: “atento quel miércoles de la semana que biene es la fiesta de San Jorje quera botado por ser auogado contra la langosta, que el dia antes se diga vísperas solenes en la parroquial desta villa y el dia proçesion a la dicha hermita y misa y sermón en la dicha parroquial por no estar obrada la hermita y para ello se combiden los monasterios”.

Las obras debieron de concluirse en los años inmediatos, puesto que en 1602 el procurador don Juan Rodríguez presentó ante el concejo “en nombre delos vecinos desta uilla” una solicitud pidiendo licencia para la fundación en Caravaca de “vna cofradía en la hermita de señor San Jorje y bajo su amparo y defenssa”, autorización que fue concedida el 7 de mayo de 1602 al entender su conveniencia y provecho, reservándose el concejo tan solo el derecho a ejercer el patronato sobre la misma, así como fiscalizar su gestión económica, condiciones ambas que fueron aceptadas por los solicitantes.

Las noticias sobre esta ermita son muy escasas limitándose en su mayoría a las puntuales reparaciones que el concejo acometía para poder mantenerla en servicio. En cualquier caso parece ser que se trató durante mucho tiempo de una construcción aislada, ya que el resto de edificaciones (Molino de la Parra) se localizaban en las faldas del cerro para aprovechar el agua que discurre por allí, estando situada la ermita en la parte mas alta del cerro, frente a la cual se acondicionó el terreno convirtiéndolo en una especie de plaza, apareciendo citada como tal en algunos documentos de la época, como el alistamiento de soldados para el socorro de Cartagena de 1704: “acauado de pasar muestra ponga el cuerpo de guardia en la plazuela de la hermita de San Jorje”.

En 1735 el capellán de la ermita solicitó al ayuntamiento su urgente reparo ya que, según detalla, se encontraba “expuesta aproxima ruina y enestado de no poderse celebrar el santo sacrificio dela Missa”, lo que de producirse ocasionaría graves problemas a los vecinos “pues con su pobreza no podrian ir a oir missa aotra parte”. El concejo atendió la demanda beneficiando, para costear las obras, 300 pinos en el partido de La Pinosa. También se realizaron reparaciones en el año 1761.

La escasa calidad de la construcción unida al poco dinero que se invertía en su manteniendo fue motivo de que siempre estuviese necesitada de reparos, así como de objetos litúrgicos y demás enseres necesarios, llegando en ocasiones a situaciones insostenibles, como la expresada por el capellán de esta ermita don Pedro de Mata Monteagudo en un memorial enviado al ayuntamiento en mayo de 1777, que nos aporta también varios datos sobre el edificio y su contenido, incluido la imagen del santo titular: “al presente se notan bastantes faltas en dicha Hermita, siendo las primera estar la Copa interior del Caliz, y la Patena sin dorar, por haverse con el vso gastado y consumido el oro, no debiendose zelebrar el Sancto Sacrificio de la Misa con esta falta, como consta de Decretos Pontificios, y establecimientos de nuestra Santa Yglesia, la Segunda no haver mas que un Vestuario, y este muy deteriorado, faltandose tambien a dichos establecimientos en que se manda que para zelebrar en dias de precepto Misa (como se acostumbra en dicha Hermita) se haya de vsar por lo menos de Color blanco, encarnado, Verde y Morado, como corresponda segun rúbrica. La tercera, que la estatua del Señor San Jorge esta muy quebrantada, carcomida, y defectuosa, que sin construirla de nuevo, o al menos repararla, y componerla, no se puede bajar del sitio de su Altar sin la contingencia de mayor quebranto. La quarta estar sin vso la Sacristia por su grande indezencia”.

Lejos de atender su demanda, el concejo se limitó a darse por enterado del asunto y comisionar a un regidor para comprobar la veracidad del informe, lo que no sucedió hasta finales de marzo del año siguiente presentado: “una certificación de Pedro Miravete Maestro de Sastre que havia reconocido las ropas de la sacristía, y Iglesia de dicha hermita, con una nota a su continuación de lo que era necesario para la composición de dicha efigie expresando asi mismo tener que componer y dorar la patena”. Lo elevado del gasto hizo que se dejase en suspenso cualquier decisión al respecto hasta que se tuviesen recursos económicos para ello, teniendo esperar hasta 1782 para autorizar las reparaciones necesarias.

La última noticia que conozco sobre este ermita esta fechada en 1797 y se refiere también a la necesidad de reparos, tratándose en esta ocasión de un memorial presentado por el hermano mayor de la Cofradía de San Jorge, don Celestino Torrecilla, solicitando el arreglo urgente del tejado, que en gran parte se había hundido. En esta ocasión, y como no disponía de otros recursos, autorizó la corta de 300 pinos, destinado el dinero de su venta a acometer los imperiosos reparos que necesitaba el inmueble para seguir abierto al culto.