GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Al pedirme para su cumpleaños mi hijo el videojuego de la leyenda de Zelda vengo de nuevo a preguntarme cómo es posible que una esquizofrenia que hablaba con Cristo, niña bien americana que no fregó un plato en su vida, esposa de un escritor borracho cuyo matrimonio representó el engaño de los felices años veinte, viene a convertirse en una princesa de videojuego icono de la lucha feminista. No puedo entenderlo igual que no llego a comprender las tallas de Stradivarius.

Zelda nace (1900) en el seno una buena familia de Alabama rica, con un padre que le consiente todo. Es la reina de las fiestas, la chica number one, esto es, que puede elegir a quien quiera para casarse. Y claro, ese «cualquiera» no es otro que Scott, uno de los escritores más importantes de Norteamérica. Se casan en abril de 1920 y se convierten en el matrimonio que representa el espíritu de los años veinte: ricos, jóvenes, atractivos, divertidos. Son el símbolo de la buena vida, el glamour y, sobre todo, del «sueño americano». Comparten fiestas, alcohol y sexo, nadie los puede parar, ni siquiera el nacimiento en 1921 de una hija, a la que dejan al cuidado de niñeras.

Viajan a París, donde Scott está dedicado a escribir El Gran Gatsby, ayudado por el alcohol. Mientras Zelda, que se le cae la casa encima, harta de ver al otro borracho se dedica a pasear por la Riviera donde conoce a un piloto francés que la divierte. Pero viene a interferir el amor y Zelda le pide el divorcio a Scott. Antes que el marido, la deja el amante, que sólo buscaba una aventura: en este caso está justificado que intentara suicidarse, es el primero de muchos intentos. Pese a todo, el Scott la acepta de nuevo, son cosas que pasan, y vuelven a su vida habitual de fiestas, borracheras, peleas, vamos, la imagen perfecta de lo que viene siendo un matrimonio norteamericano ideal.

Scott, entre copa y copa, escribe bastante, ya está considerado un gran escritor, Hermosos y malditos y, sobre todo, El gran Gatsby, le han dado mucha fama y más dinero.

En esos años finales de la década del veinte, Zelda está celosa de la relación de Scott con Hemingway, que la hace culpable del alcoholismo de su amigo. Y no se le ocurre otra cosa, en un arrebato muy femenino, que asegurar que su esposo es homosexual, el otro, en un arrebato muy masculino, se acuesta con una prostituta para demostrar que no lo es. Resultado: Scott borracho y Zelda tirándose por las escaleras, en otro intento de suicidio. Entre tanta borrachera entran en los años de la Gran Depresión, todo está cambiando a su alrededor, menos ellos, que ahora muestran lo que son en realidad: un alcohólico y una esquizofrénica. Empiezan a tener problemas económicos y Scott acepta trabajar para la Metro Goldwin Mayer por un salario fijo. Allí conoce a Sheila Graham, una influyente columnista de espectáculos. Se enamoran. Tampoco sé qué vería esta mujer en este escritor en caída libre, él ya no era «ni la sombra de su sombrero», pero el caso es que acaba muriendo en 1940 en brazos de Sheila. Tenía 44 años. Zelda no va al funeral, para entonces ya estaba muy ocupada hablando con Cristo o Alejandro Magno.

El 10 de marzo de 1948 Zelda espera su sesión de electroshock. Nunca llegarían a dársela. El hospital donde está ingresada se incendia y mueren nueve mujeres. Entre ellas Zelda. Tenía 47 años.

Quién sabe quién hundió a quién, si el culpable fue ella o fue él….el caso es que su vida se convirtió en un error sin solución.