Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

El 29 de marzo de 1867 la reina Isabel II nombró Senador Vitalicio de España a D. Domingo Moreno, ilustre caravaqueño que llegó a tener un destacado papel en la política nacional de su época, pero cuyo recuerdo prácticamente ha desaparecido de la mayoría de los que hoy vivimos en esta ciudad, aunque su nombre sigue estando presente, gracias al homenaje póstumo que le rindieron sus convecinos imponiéndole su nombre a la calle donde nació, denominación que todavía se conserva en la actualidad.


Domingo Moreno y Martínez nació en Caravaca el 2 de septiembre de 1810, en el seno de una humilde familia de artesanos; a pesar de ello, sus padres, Antonio Moreno Checa, de profesión zapatero, y Josefa Martínez Sánchez-Ocaña pusieron todos los medios a su alcance para ofrecer una esmerada educación a sus hijos. En 1826, tras finalizar sus primeros estudios, el joven Domingo se matriculó en la Universidad de Valencia para cursar la carrera de derecho; su aprovechamiento y brillantez le permitieron alternar, durante el último curso, sus estudios con las clases que como profesor ayudante comenzó a impartir en dicho centro. En 1830 obtuvo la licenciatura, desarrollando sus primeras experiencias profesionales en Andujar, y también como Contador honorario del Ejército.
Seguidamente, entre los años 1835 y 1842, fue abogado, fiscal de Rentas Nacionales y Juez y en 1843 fue nombrado Oficial de la Secretaria de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia. Ese mismo año contrajo matrimonio en Madrid con Manuela Gil de Borja Linares y Navarro, una noble pamplonesa hija de un antiguo regente de la Audiencia de La Habana, con quien tuvo ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres. El primogénito, llamado Luís, fue Intendente General del Palacio Real teniendo a su cargo la gestión del Patrimonio Real y una de sus hijas, de nombre Maria Asunción Julia, contrajo matrimonio con el Marqués de Urbieta.
En 1845, se inició en la política, presentándose a las elecciones para Diputados a Cortes que tuvieron lugar en 1845, obteniendo el triunfo con gran facilidad al estar considerado como una «persona muy querida» por la mayoría del electorado. Mantuvo el escaño durante cuatro legislaturas, las comenzadas los años 1845, 1846, 1850 y 1857. Perteneciente al Partido Moderado, Moreno recibió fuertes críticas por parte de sus opositores políticos, que llegaron de acusarle en 1847 de realizar abusos electorales, al haber obtenido actas de diputado por dos distritos distintos, Montalbán y Teruel; el asunto se zanjó con la renuncia a la segunda de ellas, optando por mantener la primera. Al igual que la vida política de su época, su carrera fue agitada, salpicada por algún suceso cuestionable, que sus opositores se encargaron de publicitar convenientemente; en cualquier caso, su pensamiento fue haciéndose gradualmente más conservador, llegando a ser calificado en 1853 de «antireformista».
Paralelamente a su actividad política, desarrollo una importante carrera como jurista, «como magistrado se había hecho un deber de aplicar siempre en conciencia las leyes que tan a fondo conocía», siendo nombrado en 1849, Oficial de Secretaria Jefe de Negociado del Ministerio de Gracia y Justicia, pasando en 1853 a ser miembro de la Audiencia de Madrid, primero en calidad de Ministro de la Sala Tercera, y posteriormente en 1857 de Presidente de Sala Audiencia y, a fines de ese mismo año, de Regente del Tribunal. En este mismo año fue designado también vicepresidente de la Junta Auxiliar de Cárceles. Finalmente, el 1 de agosto de 1859 la reina Isabel II le nombró Ministro del Tribunal Supremo de Justicia, desempeñando en funciones la subsecretaría de Gracia y Justicia a partir de 1864, conservando igualmente su plaza en el referido Tribunal Supremo. A lo largo de su carrera redactó notables trabajos como jurista, lo que unido a su labor parlamentaria, le valieron para sus méritos fueran reconocidos por todos: «Hombre estudioso, inteligente, concienzudo y orador elocuente, en el Parlamento y en el foro, dejó siempre recuerdos de su competencia; escritor correcto, lega a su país trabajos notables, donde pueden aprender nuestros hombres públicos».
En 1865 fue relevado del cargo de Consejero de Estado, que detentaba desde el año anterior, quedando la reina «satisfecha del celo e inteligencia con que lo ha desempeñado», siendo reintegrado a este puesto el 24 de julio del año siguiente. En ese mismo año fue designado miembro de la Junta General de Beneficencia del Reino.
Apoyado por un amplio sector formado por conservadores y moderados Moreno desarrolló una amplia actividad ocupando puestos cada vez de mayor relevancia: Subsecretario de Instrucción Pública, Regente de la Audiencia de Madrid, Consejero de Estado en las secciones de Gobernación y Fomento y de Instrucción Pública. En 1867 fue diputado por Murcia. Su carrera alcanzó su cima el 29 de marzo de 1867, cuando fue nombrado Senador Vitalicio del Reino por Isabel II, contaba 57 años de edad. Los últimos años de su carrera política tuvieron como fin la restauración de la monarquía, comenzando a distanciarse de la misma tras su consecución: «Durante la época revolucionaria, dedicó su influencia a favor de la restauración de la Monarquía legitima, y aún cuando al triunfar esta le fueron ofrecidos importantes puestos, no quiso aceptarlos, porque se consideraba satisfecho con ver en el Trono al hijo de la augusta señora a quien dedicó los servicios de toda su vida». Alejado de la política vivió «dedicado en estos últimos tiempos exclusivamente a los goces del hogar y la familia». Entre los múltiples honores y distinciones que obtuvo, destaca la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y el título de Comendador de la Orden de Carlos III.
Domingo Moreno falleció en Madrid, en su casa de la Calle de Alcalá, el 26 de mayo de 1889, a los 80 años. Cuando la noticia fue difundida, una de las revistas de mas tirada de la época «La Ilustración Española y Americana» elogió así su figura: «Si como magistrado se había hecho un deber de aplicar siempre en conciencia las leyes que tan a fondo conocía; si como político influyó con su autoridad en las reformas de la legislación que eran indispensables y su claro talento le advertía; y si en el foro y en las tribunas de ambos Parlamentos, y en las oficinas del Estado dejó huellas fecundas de su vida laboriosa, como buen católico mereció la honra y obtuvo el consuelo de recibir la bendición papal en su lecho de muerte».
Su entierro supuso una enorme manifestación de luto, asistiendo numerosísimo público, siendo inhumado en el cementerio madrileño de San Isidro: «El cadáver, encerrado en un féretro de hierro galvanizado imitando mármol, ha sido llevado a la última morada en una magnifica carroza cubierta de coronas y arrastrada por un hermoso tiro de seis caballos empenachados. Sobre el féretro se veían el birrete de magistrado, la banda de Isabel la Católica y las insignias de comendador de Carlos III. Unos cien carruajes escoltaban la carroza fúnebre». El prestigioso diario «La Monarquía» glosó de esta forma la personalidad y trayectoria del insigne caravaqueño: «El Sr. Moreno, que había figurado siempre en el partido moderado, desempeñó con gran lucimiento importantes cargos, demostrando en todos ellos su buena inteligencia, grandes conocimientos, extremada laboriosidad y honradez. Tomó parte en todos los sucesos políticos ocurridos durante el reinado de doña Isabel, pero desde la revolución de Septiembre se apartó por completo de la lucha candente de los partidos. Era el Sr. Moreno un perfecto caballero, un ferviente católico, un padre de familia ejemplar, sincero amigo y caritativo como pocos, lo cual le valió en vida el respeto y la consideración de cuantas personas le trataron y de todas las clases sociales».
A pesar de desarrollar toda su actividad profesional lejos de nuestra ciudad y visitarla en contadas ocasiones, ni él ni su familia se desvincularon por completo de Caravaca y su Cruz, así lo atestigua la donación de «una preciosa y elegante araña luminosa a la iglesia parroquial del Salvador, que lució por primera vez a la entrada de la Santísima Cruz en aquel espacio eclesial la tarde del dos de mayo» de 1890, que realizó su viuda, tras la muerte de su esposo. Este obsequio debió de ser una de las últimas acciones de Dª. Manuela, ya que falleció el 12 de febrero de ese mismo año, nueve meses después de su esposo y dos y medio antes del estreno de la lámpara.