Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Tal vez no hayamos sabido aún valorar en su justa medida el tesoro recóndito de una tierra como El Noroeste, merecerla debidamente los que nacimos en ella y no acabamos de descubrir del todo el misterio que la encarna, esa mezcla inigualable de belleza y crueldad, que le otorga un paisaje despiadado y hermoso y la pureza que esconde como un arcano, y a los que vienen de fuera mostrarles el camino para un encuentro con un territorio sin tipismos, zarandajas y monsergas folclóricas de segundo orden.

La belleza duele si es pura, no resulta nunca amable ni cómoda ni fácil de interpretarla; de manera que los aguaceros torrenciales de septiembre amedrentan al viajero, las primeras heladas de octubre y noviembre levantan el recelo del que ha buscado un buen refugio y ha encontrado la cara oculta del frío, y la nieve rematará taxativa el tópico confortable de nuestra tierra a no ser que nos apostemos lo antes posible frente a una chimenea bien abastada de leña seca, y cocinemos una sartén de migas con carne de cerdo, hortalizas y fruta, y nos lo comamos todo regado con ese vino áspero y profundo de Ulea, que es nuestro vino porque se parece a nosotros en el carácter y en el color.

Luego vendrán las nieves de febrero, fieles a su cita con los primeros renuevos de los almendros y los frutales, pero El Noroeste es duro e inicuo y no permite que la vida se abra paso con facilidad, sino más bien al contrario, el paisaje emerge como una cicatriz en la corteza terrestre, los pastores guardan hoscos vastos rebaños en mitad de la tormenta de la tarde, mientras soportan la ventisca y el frío, y los muchachos juegan en las calles con un trozo de pan en una mano y una pelota de goma en la otra.

Esta es una tierra diferente, no hay demasiada industria y la agricultura no es rentable del todo, los servicios son escasos, pero quien osa acercarse hasta aquí y evita las primeras  impresiones precipitadas, propias de prejuicios indeseables y falsos, combate el frío y no teme al calor de julio, que es franco y brutal porque el sol se halla justo encima de nosotros, tal vez albergue una posibilidad remota de amar la comarca con el paso de los meses, de no poder vivir sin ella si trascurren los años y nos acostumbramos a buscar guíscanos en El Bancal de La Carrasca, en La Umbría de Los Guerreros o en El Salto, a bañarnos en El Somogil y en La Puerta, a calentarnos al fuego en el invierno y buscar la sombra de las nogueras en el verano, a tocar la nieve cuando cae en el Campo de San Juan y a buscar la leña seca para el Castillo de la Purísima, mientras aguardamos emocionados los primeros redobles de la primavera y el olor recio a madera y esparto mojado en el umbral del verano.

Luego todo es más fácil, uno es de aquí y punto, aunque haya nacido fuera y ya no cesará de volver el resto de su vida, como he venido haciéndolo yo desde que tenía dieciocho años y hube de marcharme para buscar un futuro propicio y adecuado. Aunque claro, yo nací aquí y eso no lo cambia nadie.

Pero El Noroeste seguirá esperándonos y será siempre el mismo, eterno e irrepetible.