FRANCISCO FERNÁNDEZ/ARCHIVO MUNICIPAL DE CARAVACA

Muchas han sido las personas distinguidas que a lo largo del tiempo han visitado Caravaca para ver y adorar la Stma. y Vera Cruz, siendo la mas destacada la realizada por el rey Fernando el Católico en las postrimerías de la Edad Media. Sin embargo, en esta ocasión vamos a recordar la realizada por Bernardino de Arezzo, Ministro General de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, a finales de agosto de 1692.

Bernardino de Arezzo ocupó la jefatura de los Capuchinos en el año 1691, siendo una de sus primeras decisiones realizar un viaje para inspeccionar todos los conventos de su orden en Europa, entre sus acompañantes figuraba su secretario Filippo da Firenze, encargado de realizar un exhaustivo informe de todos los lugares que visitasen. El relato del viaje fue publicado en varios volúmenes con el título “Itinera Ministri Generalis Bernardini de Arezzo”, cuyo primer tomo denominado “Per Hispaniam” está dedicado a la Península Ibérica”. Hace varios años el padre Juan de Dios Morenilla en un artículo publicado en la revista de las Fiestas daba noticia de la existencia de este libro indicando que uno de los capítulos estaba dedicado a Caravaca y a la Stma. y Vera Cruz. Esta artículo incluía algunos pasajes del libro original, aunque evidentemente no la totalidad del mismo, lo que hizo que creciera mi interés por conocer el texto original. Algunos años después me puse en contacto con la central de esta orden en España pidiendo información sobre como disponer de una copia del mismo, con la fortuna de que se había realizado una reedición del mismo, por lo que me enviaron un ejemplar del mismo. El libro evidentemente estaba en italiano, por lo que hubo que esperar algunos años mas hasta disponer de una traducción del capítulo dedicado a Caravaca, lo que amablemente hizo Marianna Columbano. La traducción de este texto con una breve introducción se publicó en la Revista de las Fiestas correspondiente al año 2010.

El viaje de Bernardino de Arezzo por España comenzó en Alicante, donde desembarcó procedente de Italia, dirigiéndose posteriormente a Madrid desde donde continuó visitando los conventos de Castilla y Andalucía. Estando en Granada y programando el viaje a Valencia, decidieron desviarse hasta Caravaca, donde nunca estuvo establecida esta orden, para poder orar ante la Vera Cruz ,cuya fama conocían: “La villa o ciudad de Caravaca, es célebre por su condición civil y notable y por la calidad del entorno y, todavía más en el mundo cristiano por la insigne reliquia de la Santa Cruz que ella conserva”. Además del relato de la visita y de la descripción de la población, el autor incluye numerosos datos sobre la historia de la población y la Vera Cruz, procedentes, según él mismo refiere, de “lo que he ido recogiendo en varias memorias escritas en lengua española, así como aquello que la gente del pueblo nos ha contado en persona y particularmente lo de un sacerdote de aquella misma iglesia de Caravaca”.

La visita a Caravaca duró tan solo dos días, el jueves 28 y el viernes 29 de agosto de 1692; curiosamente las actas municipales no incluyen ninguna referencia a este suceso, a pesar de la importancia del visitante, por lo que solo contamos con este testimonio para conocer lo sucedido durante el viaje. Tras una semana de viaje el cortejo llegó a Caravaca en la mañana del 28 de agosto, dirigiéndose al Monasterio de San Francisco, donde se alojaron durante su estancia, ya que, como ya se ha dicho, no había convento de capuchinos en nuestra ciudad. Para preparar su alojamiento y estancia habían llegado unos días antes dos religiosos, el padre Francisco de Murcia y otro acompañante.

Este primer día lo dedicaron a visitar la población y conocer la historia y costumbres del lugar, conversando con diversos personajes, entre ellos el sacerdote Juan Caja de Mora, capellán de la Cruz, quien supongo sería el que instruiría en todo lo referente a la Cruz, sus ritos y celebraciones al general capuchino.

Para visitar y adorar la Cruz de manera extraordinaria había que pedir la correspondiente autorización al Concejo como patrono de la reliquia que era. Sin embargo, con la humildad característica de esta orden religiosa, Bernardino de Arezzo aprovechó la ceremonia y misa que se celebraba todos los viernes para visitar a la Vera Cruz, de aquí que no fuese necesario pedir autorización alguna, “para satisfacer la devoción, cada viernes por la mañana de todo el año se muestra públicamente en esta misma iglesia para que el pueblo que acude en gran número pueda besarla.”. En la época de la visita todavía no se habían terminado las obras del nuevo templo de la Vera Cruz, por lo que las ceremonias se realizaban en la pequeña iglesia de Santa María, situada intramuros de la fortaleza, donde estuvo la sagrada reliquia durante la mayoría del tiempo que duró la construcción del nuevo templo. A pesar de ello pudo contemplar la capilla antigua, que no se derribó sino que quedó incluida en el nuevo edificio, descriendola así: “En esta fortaleza se encuentra también la capilla donde se conserva la Santa Cruz y es la misma en la que sucedió el admirable milagro de su aparición, como luego contaremos. La capilla está en una torre vuelta a poniente donde se ven algunas pinturas moriscas que, según la tradición, se hicieron cuando el rey moro se convirtió a nuestra santa fe y representan todo el acontecimiento del milagro. Debajo de esta fortaleza hay muchas grutas cavadas en la roca que antiguamente servían a los Moros para encarcelar a los esclavos cristianos que continuamente capturaban”. Así pues el cortejo, con el ministro general al frente, se dirigieron en la mañana del viernes 29 a la iglesia donde estaba la Cruz, para asistir a la misa, encontrándose con el ofrecimiento de oficiar la misa y el honor de vestir la casulla que según la tradición vistió el sacerdote Chirinos en el momento del milagro. El testimonio del suceso es el siguiente. “El 29 de Agosto del año 1692, que era por cierto viernes, el padre general quiso aprovechar para ver la Cruz sin molestar a nadie. Fuimos entonces dicha mañana a la iglesia para participar en la misa y tuvo el privilegio de decir la misa con la casulla que el sacerdote don Ginés usó cuando apareció la Santa Cruz, privilegio que suele otorgarse a prelados y otros personajes de alto nivel. Esta misma casulla, que es de seda bordada de flores de diferentes colores de modo muy extravagante y completamente inusitado en nuestro tiempo y en nuestro pueblo, se conserva aun sin la más mínima lesión. Esto es un hecho muy importante ya que han pasado 460 años desde que se obró el milagro y esta casulla guarda también los colores de la seda como hecha hace sólo unos años”. La iglesia donde se celebró la ceremonia era la de Santa María, cuya descripción es la siguiente: “La Santa Cruz está situada sobre el altar mayor de la capilla, o mejor dicho pequeña iglesia, donde hay otros dos altares laterales, en cada uno de los cuales hay un cuadro grande que representa el milagroso hecho de la aparición de la Santa Cruz en presencia del rey moro. El pueblo caravaqueño venera fielmente, como debe ser, esta insigne reliquia”. Terminada la misa llegó el turno de adoración de la Vera Cruz, hecho que les llamó la atención, y de retocar algunas pequeñas cruces que les habían regalado: “Después de haber celebrado la misa, algunos sacerdotes vestidos aún con el hábito sagrado cogieron de un bien custodiado y cerrado sagrario sobre el altar, una pequeña pero elaborada cajita de plata que contenía la Santa Cruz. La extrajeron y enseñaron haciéndola besar a todo el que estaba a su alrededor mientras que sonaba el órgano y algún cura cantaba devotas oraciones. También nosotros fuimos con el resto de la gente a besar la Cruz y, con gran satisfacción del padre general, los devotos sacerdotes la llevaron en procesión de la iglesia a la capilla situada en el interior del palacio del rey de los moros. Con suma consolación por verla y besarla cómodamente, pudimos también hacer tocar las crucecitas que nos habían regalado, como es normal dada la cantidad de talleres artesanales donde se elaboran dichas cruces de latón, de plata de oro y de cualquier otro metal que hay en Caravaca”.

El mismo viernes por la tarde el cortejo partió de Caravaca con dirección a Murcia, desde continuaron a Valencia. La importancia de este texto no radica tan solo en la propia noticia del suceso sino también en la exhaustiva descripción de la ciudad, la Cruz, sus ritos y ceremonias, sus fiestas, etc., basada en su propia experiencia personal y en los testimonios de los vecinos. Entre todas ellas llama la atención la descripción de la Vera Cruz aludiendo, al igual de hará el padre Cuenca años mas tarde, a las manchas de sangre que tenía: “La Santa Cruz está protegida por un estuche de plata dorada con un finísimo cristal encima para que no se consuma de tanto tocarla y besarla, pero que permite verla y mirar claramente las dos gotas de sangre, arriba mencionadas, en ambos brazos de la Cruz”.