PASCUAL GARCÍA 

Como profundo aficionado a la palabra, a la palabra con fundamento y tradición, lamenta uno que el universo de los toros esté en franca decadencia, pues hay un buen puñado de emociones, de ideas y de ocurrencias que a partir de cierto momento carecerán de sentido; no podremos coger el toro por los cuernos, por ejemplo, y abordar con ello un problema cualquiera con valentía y decisión, un viejo pleito con un amigo o una incapacidad propia que no sabríamos cómo afrontar ni cómo resolver si no fuera porque podemos echar mano de ese espíritu osado y resuelto que hallamos en la fiesta de los toros, no en vano cogemos el toro por los cuernos cuando tomamos una decisión determinante, salimos a la calle a buscar trabajo a pesar del espectro desolador del paro o decidimos con nuestra pareja tener un hijo, separarnos porque las cosas no nos van muy bien y alargar el tormento parecería un error, por eso decimos aquello de valor y al toro, echamos la pata palante y nos enfrentamos a la verdad de la vida, aunque la verdad sea dura y requiera de ciertos sacrificios, porque sabemos, lo hemos aprendido mientras veíamos una corrida una tarde soleada de julio que hasta el rabo todo es toro y que hemos de ser cautos y no adelantar acontecimientos, aunque la filosofía de la fiesta también nos enseña que alguna vez podemos ponernos el mundo por montera y obviar la prudencia, atarnos los machos, que viene a ser una ceremonia de fortaleza anímica para arrostrar cualquier peligro y con vergüenza torera, que constituye la mayor de las virtudes del ser humano, pues aúna osadía, honradez y sentido del honor, darle el pecho al morlaco y pararlo, templarlo y mandarlo lo más lejos posible, es decir, torear de frente y por derecho, otro de esos valores humanos cuyos orígenes reales perderemos si perdemos el toreo; cómo diremos del modo más rotundo que alguien no ha afrontado un deber cualquier si no decimos aquello de que se lo ha saltado a la torera, expresión con garbo y agilidad cuyas connotaciones de ligereza y rapidez resultan obvias, como es evidente que ayudar a un amigo o a un conocido en un momento dado, mientras un tercero está agobiándolo o amenaza con insistir en su imprudencia, solo es posible si estamos al quite y en última instancia optamos por echarle un capote para librarlo de las múltiples embestidas de la vida y del mundo, lo hacemos con torería si añadimos a la eficacia y al buen hacer una dosis indispensable de donaire y majeza, de humanidad y buen tono. Lástima que torero se le atribuya al hombre que anda por la vida con soltura, dignidad y mejor estilo, mientras que torera no signifique precisamente eso, sino más bien todo lo contrario, aunque Curro Romero, el torero de la tradición, el duende y el sabor añejo, rompió una lanza valiente y lúcida en la alternativa de Cristina Sánchez en Nimes cuando le dijo:Torear es como acariciar. Como las mujeres son las que mejor acarician, también torearán bien. Y ya lo creo que lo hizo, a pesar de los múltiples problemas y trabas que sufrió hasta que tomó la decisión de retirarse, aunque nunca se haya desligado del todo del mundo taurino.

Nuestra vida, al menos la mía y la de quienes me han rodeado, ha estado siempre impregnada de las muchas virtudes de un arte que no solo es un espectáculo, un negocio boyante, una iniciativa ecológica y una buena excusa para unir a los pueblos y a los hombres, los del otro lado del Atlántico y los de esta parte, entre los que se halla la muy civilizada y moderna Francia; si desaparece la fiesta y la afición, su filosofía y sus formas de entender el mundo, desaparecerán también un modo de sentir, una magnífica alternativa al pensamiento  único, a la posverdad y a todos esos trampantojos donde prevalecen las apariencias, los simulacros y las aproximaciones a lo real y a lo humano, donde se usará una lengua bastarda preñada de eufemismos y expresiones correctas y ya nadie pondrá el colofón adecuado a un buen trabajo, a una buena faena o a una brillante  argumentación con ese viejo vocablo, de sabor incuestionable, con el que rematamos nuestro entusiasmo absoluto para decir ¡Olé!