Patricio Hernández Pérez

Presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.

En el fondo esta es la elección. Ambos son sentimientos profundamente humanos que nos habitan a todos, pero en cada uno de una forma.

El miedo es el mostruo que han desatado para paralizarnos y someternos. Es un miedo que se presenta como inseguridad socialmente producida: a perder el trabajo o a no encontrarlo, a perder el subsidio o el derecho a la salud, a perder la vivienda o la pensión. Miedo a los otros, competidores, intrusos. Es el baluarte del conservadurismo. Mejor quedarnos así. Todo cambio es a peor. Y necesita también creer que alguien -un padre bueno, el Estado, el Partido- vela por nosotros y hará algo para evitar lo peor. Hay que confiar pues en ese alguien externo a nosotros. Puerilmente, necesita que el adversario o el enemigo sea además malo.Nos pone a un paso de la violencia: es tanto lo que nos amenaza que es legítimo defenderse. Cuanto mayor creemos que es la amenaza más nos autorizamos a la violencia para defendernos. Así hasta el extremo en el que «las comunidades humanas de supervivencia también son siempre comunidades de exterminio» (Norbert Elias).

La esperanza es por contra hermana de la confianza. Es un sentimiento positivo en que podemos hacer posible lo necesario, aunque seguro que será costoso y tendremos que ser persistentes. Nos lleva a creer que hay un cambio a mejor que es posible, que si nos empeñamos y somos muchos, al final lo conseguiremos. «Sí, se puede», es su grito y su consigna contra la desesperanza o la desesperación. Pero no necesita creer en una utopía imposible, quimérica, sino que «postula la posibilidad de que los seres humanos, actuando en conjunto, pueden lograr que lo excepcional suceda» (Simón Critchley). Hay que esperar lo inesperado, y prepararse activamente para ello. Hay, claro, una esperanza naïf, ingenua, que confunde sin más creer con poder, y que puede dañarnos. Pero hay otra madura y sabiamente escéptica, una desilusión positiva que es el motor de la búsqueda del cambio posible.

Cuando tenemos que elegir entre diversas opciones, como ocurre con las próximas elecciones, una de estos dos sentimientos prevalecerá, incluso inconscientemente, y sobredeterminará nuestra elección. Y así, cogeremos la papeleta de quien nos dice que sí, que las cosas no han ido todo lo bien que debieran, pero que estamos en le camino de lograr salir de esta situación. Que es mejor seguir como hasta aquí y no meternos en aventuras arriesgadas. Que no hay otro camino que seguir por este de ahora. Que todo va a mejorar si confiamos en ellos, aunque nos sobren los motivos acumulados para la desconfianza. O, por el contrario, atenderémos a los que nos proponen el cambio, apostar por otra cosa, dar una oportunidad a otras forma de hacer las cosas, más justa, más honesta, contando esta vez con todos. Que hay otro camino y es este el que debemos tomar, que no tenemos que resignarnos a lo que ya sabemos que no es bueno para nosotros.

¿Qué hacer entonces? Entonces sólo se puede hacer una cosa: reflexionar, pensar si somos, o si queremos ser gente apocada, resignada y miedosa, que a la primera de cambio rendimos nuestros sueños con moral de siervos voluntarios. Que nos creemos las promesas de quienes han gobernado muchos años y que han tomado tantas decisiones que nos han perjudicado diciendo que no cabían otras. Que han negado la corrupción hasta que ya no pudieron hacerlo, que nos prometieron muchas cosas que no han cumplido y por las que ya les dimos nuestra confianza en el pasado. Que están abriendo fracturas sociales profundas. Los mismos que intentan meternos miedo porque saben que es un arma formidable para mucha gente asustadiza. Que tienen además muchos medios para hacernos llegar su mensaje y sutiles formas de chantaje para que no nos atrevamos a cambiar.

Pero también podemos elegir el cambio, dar una oportunidad a otras ideas, a otros grupos. Atrevernos. No resignarnos (a tener que irnos fuera para poder vivir, a la precariedad, a salarios de miseria, a que nos roben, a no tener casa propia, a que los servicios públicos empeoren cada día, etc.) .Y sabiendo que las cosas no van a ser fáciles en cualquier caso, optar por otra forma de gobernar que empieza diciendo que sólo la gente puede hacer el cambio, que no hay jefes providenciales sino que nosotros mismos somos lo mejor que tenemos y, juntos, una fuerza inderrotable capaz de hacer más grande el terreno de lo posible. Que no queremos para nuestros hijos un mundo peor que el que nosotros tenemos.

Esto es lo que creo que está en juego y que pasa por que cada uno de nosotros se mire a si mismo y piense a que grupo pertenece, que sentimiento va a prevalecer en él, con quién se identifica más: con los conservadores que dicen que este es ya el mejor de los mundos posibles, o con los partidarios de que otro mundo es posible, además de necesario, y apostar entonces por él.

No tengo que decir qué partidos y candidaturas representan una u otra cosa. Somos todos seres inteligentes y capaces de distinguir a unos de otros, y elegir responsablemente a los nuestros.