Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

La información que da título a este artículo no era un hecho excepcional, ya que adoptaba con cierta periodicidad puesto que la realización de conjuros con la Cruz de Caravaca era algo habitual y frecuente; además de los que se hacían cuando sobrevenía alguna tormenta existía la costumbre de realizar dos diariamente durante los meses de abril a septiembre. Para poder celebrarlos con la dignidad requerida se construyó una capilla que estaba situada en lo más alto de la torre de la Vera Cruz, que era donde en esa época estaba la capilla donde se guardaba el lignum crucis. Esta ceremonia y especialmente la facultad atribuida a la Cruz de Caravaca para conjurar los males, en particular los ocasionados por causas meteorológicas fue uno de los motivos por los que la reliquia caravaqueña alcanzó fama y notoriedad.

El Conjuratorio, que es el nombre que recibía la capilla donde se realizaban los conjuros, existía ya en 1468 ya que aparece reseñada en la visita efectuada por Francisco de León en representación de la Orden de Santiago a la villa de Caravaca en dicho año; algún tiempo después es descrita como un lugar con cuatro ventanas por donde «en tiempo de tempestad sacan la Santa Vera Cruz». Juan de Robles Corbalán, en su libro de 1615 dice de ella: «sobre la bobeda de la misma capilla ay vn anden en redondo, donde ay quatro ventanas a las quatro partres de la tierra, y por estas quando hay tempestades, y turbiones asoman la Santa Reliquia». Sin embargo parece ser que esta ceremonia no siempre se realizaba con la auténtica Cruz de Caravaca, sino con una grande de madera retocada a la original, según se desprende de la disposición del concejo caravaqueño de julio de 1612 por la cual ordenaba la ejecución de una réplica de la Cruz, que tras ser retocada con la original, se emplease en estas ceremonias, quedando la auténtica reservada para aquellos casos en que «la nube fuere demasiado maligna».

Debido al importante uso que tenía esta capilla se mantuvo todo el tiempo que fue posible durante las obras que transformaron el antiguo castillo medieval en el templo que hoy existe, pero llegó el momento en que tuvo derribarse. A partir de aquí, los conjuros se hicieron de forma irregular existiendo ocasionalmente quejas por no celebrarse, la confianza que se tenía en ellos era tan grande que incluso llegó a ordenarse la construcción de uno provisional en 1663,«para continuar la obra del Templo de la Santisima Cruz se a derribado el Conjuratorio y no lo ay. Y las nubes y tempestades que ordinariamente ay y en estos dias an començado amenaçan daño a los frutos. Y para que en este verano se pueda conjurar con la Santisima Cruz, acordaron se haga un Conjuratorio con la decençia que mas sea posible». Por lo visto la obra no llegó a hacerse en ese momento ya que al año siguiente volvió a repetirse el mismo mandamiento, especificando en esta ocasión que «se pueda conjurar con la Santisima Cruz a los quatro vientos».

En la nueva iglesia también se construyó una capilla para ese uso, que se ubicaba igualmente en la parte superior de la torre y que fue la primera de este nuevo templo en utilizarse, trasladándose a ella la reliquia el 2 de abril de 1677, 25 antes de la inauguración oficial. Martín de Cuenca en su libro de 1722 nos refiere como se efectuaba está ceremonia en el nuevo templo: «al ponerse y salir el sol se saca la Santísima Cruz por su capellan mayor á una de las cuatro ventanas de su Real Capilla, desde las cuales, como de vistosos miradores se registra toda la huerta y mucha mas tierra; pónese sobre la ventana un altar pequeño con corporales y luces dentro de unos faroles para que los aires no las apaguen: desde alli tomando en sus manos la misma Cruz soberana como está dentro de su engaste y viriles, bendice con ella los campos, y conjura todas las nubes y malos aires, en cuyo tiempo, que dura como un cuarto de hora, están tocando la campana».

Con el paso del tiempo su práctica se fue reduciendo hasta llegar a su desaparición, exceptuando la reciente costumbre de realizar una anual, la de este año se celebró la semana pasada. En 1722, según se especifica en el referido libro del padre Cuenca, los conjuros regulares se realizaban todos los días desde el primero de abril hasta la festividad de Nuestra Señora del Rosario, sin embargo a principios del siglo XX tan solo se hacían durante el mes de abril. En lo que no hubo cambios fue en el horario, al amanecer y al anochecer en el siglo XVIII y a las cinco de la mañana y de la tarde en el XX. Los datos referidos al pasado siglo proceden de los escritos de Pedro López Ruiz redactados en 1917 y que aportan gran información sobre el culto y devoción a la Cruz de Caravaca. La diferencia mas significativa entre ambas descripciones es que en 1917 los ordinarios no se realizaban en su capilla sino en el exterior del templo donde se improvisaba un altar: «a la entrada de la Iglesia de dicho Santuario dando cara al Campo o huerta y al pueblo … provisto de antemano de una mesa alta vestida hasta cerca del suelo con paños de seda bordados de oro en forma de altar, sobre la cual, habrá colocada una caldereta de plata con agua bendita, hisopo, paño de altar, corporales, dos faroles con luces de cera, uno en cada extremo de la mesa», mientras que la capilla del Conjuratorio se reservaba exclusivamente para los que se realizaban de manera especial cada vez que una tormenta se acercaba a la villa o a su huerta. Estas ceremonias tenían lugar durante todos los meses del año excepto en los de invierno de la siguiente forma: «(Cuando) se inicie alguna nube y se oiga tronar, inmediatamente o acto seguido la campana del Santuario mientras no desaparezca la nube tocará una campanada cada dos o tres minutos, y el Capellán Mayor del Santuario en los Conjuratorios del mismo, se pone en el que dé frente a donde esté situado el centro de la nube y con una Cruz grande de madera, bendita retocada a la Santísima Vera-Cruz de Caravaca, y revestido con Sobrepelliz o Roquete y Estola y con una banda de seda encarnada puesta sobre sus hombros, tomará la mencionada Cruz grande de madera con el extremo de la expresada banda que cae sobre su lado derecho del pecho, y se pondrá a conjurar la nube, estando previsto de antemano el repetido Capellán Mayor junto a él, de una caldereta de plata con agua bendita y un hisopo, para rociar con él, en el aire y en el suelo que haya delante de dicho capellán».

Como ya queda dicho durante todo el tiempo que duraba la ceremonia permanecía tocando la campana, que solo se interrumpía cuando la nube estaba sobre la ciudad o su huerta para evitar atraer a los rayos. Este toque de campana servía también para que los caravaqueños supiesen en que momento se estaba realizando el conjuro y pudiesen unirse a él desde la distancia rezando “un Credo a nuestra gloriosa y dicha Patrona”.

Además de estos conjuros también existían otros dos, que se celebraban los días 1 y 2 de octubre, a las 5 de la mañana, dedicados a las Monjas Carmelitas y a las Clarisas, respectivamente.