Francisco Fernández García/(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Hubo un tiempo en que todos los caravaqueños conocíamos a la perfección el lugar denominado la Cueva de los huesos, popularidad que era aún mayor si cabe entre la población infantil y juvenil ya que se trataba de un sitio enigmático y misterioso, pues era una cueva en el cerro del castillo donde de vez en cuando aparecían huesos humanos. En esta ocasión vamos a tratar de la historia de este espacio singular hoy casi desaparecido, cerrado con una gruesa verja y oculto en gran parte por el paseo recientemente construido que rodea la ladera trasera del cerro del castillo.

Como es sabido en otros tiempos los enterramientos se realizaban en el subsuelo de las iglesias, pero este sistema resultaba muy problemático ya que su capacidad era limitada, por lo que para disponer siempre de espacio para nuevas inhumaciones, periódicamente se extraían los restos más antiguos y trasladaban a un osario, cosa que en muchas ocasiones se hacía sin que hubiera pasado el tiempo suficiente para ello causando inconvenientes y riesgos de enfermedades: «se ha verificado repetidas veces que a el abrir sepulcros en la Parroquial se han estraido de ellos pedazos de cadáveres poblados de carnes berdosas y sin podrir y cabezas con pelo, y en los mismos sepulcros se han introducido nuebos cadáveres».

La primitiva iglesia parroquial de El Salvador, situada donde está actualmente la iglesia de la Soledad, tuvo muchos problemas en cuanto a espacio y capacidad de enterramiento ya que hasta 1549 no dispuso de osario, ese año los visitadores de la Orden de Santiago ordenaron la construcción de uno utilizando para ello un corral contiguo a la iglesia al que se accedería por una puerta que tendrían que abrir en una de las capillas, concretamente en la de San Antón, «en el dicho corral hagan su osario donde se hechen los huesos de los difuntos, porque por no auer auido donde se hechen, muchas vezes los hallan por las calles». Conscientes de esta necesidad en la nueva iglesia de El Salvador, la que existe actualmente, se dispuso desde su construcción de un espacio destinado a osario, pero este resultó insuficiente por lo en diversos momentos se tuvo que abrir y vaciar para evitar que las paredes reventaran, como sucedió en 1663: «Acordosse que atento el osario que esta junto ala puerta Principal dela Parroquial desta Villa esta lleno y sea auierto la pared y amenaça ruyna y es necessario dar forma de recoger los huessos del». En algunas ocasiones los huesos se trasladaron a otros cementerios, como en 1766 en que los restos que llenaban los osarios de la parroquial se llevaron al cementerio a cielo abierto que existía junto a la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción. Estatraslación concluyó el 9 de junio con una procesión desde El Salvador hasta la Concepción donde se celebró una ceremonia con vigilia, misa y oficio de sepultura presidida por el entonces vicario D. Ignacio José del Guzmán.

Y así llegamos al año 1800 en que nuevamente los osarios existentes estaban repletos siendo necesario buscar una solución que no solo remediase el problema puntual del momento si no que también sirviese para lo sucesivo, por lo que se decidió la construcción de un nuevo osario que tuviese gran capacidad. El problema fue entonces encontrar el lugar apropiado ya que ninguna de las iglesias y ermitas existentes disponía del espacio necesario para ello. La solución vino por vía del ingenio, alguien que hoy desconocemos tuvo la brillante idea de utilizar una cueva existente en el cerro del castillo de modo que aunque existía una distancia considerable, los restos óseos quedarían ubicados mas o menos bajo el Santuario de la Stma. y Vera Cruz. El proyecto fue aceptado por lo que pasaron a realizarse las pertinentes obras de acondicionamiento, que fueron costeadas con fondos procedentes de la parroquial de El Salvador.

Las obras se practicaron durante el mes de enero de 1800 y una vez concluidas se celebró una procesión desde la parroquial al nuevo osario donde tuvo lugar una solemne ceremonia durante la cual el vicario D. Diego Menéndez Argüelles procedió a su bendición según el ritual romano. Esto sucedió el domingo 2 de febrero de dicho año, expidiéndose la correspondiente acta, que quedó inseta en el libro nº 8 de defunciones de la Parroquia de El Salvador. Desgraciadamente este libro está desaparecido en la actualidad, pero conocemos el texto del acta gracias a la trascripción realizada D. Julián Martínez-Iglesias antes de se produjera la pérdida. En el Archivo Municipal se conserva una copia de la misma, así como otros muchos documentos y anotaciones históricas realizadas por este señor, que fue alcalde de Caravaca en tres ocasiones y también Hermano Mayor de la Cofradía de la Ssma. y Vera Cruz, por cortesía de su familia.

El texto del acta es el siguiente: «Domingo, dos de febrero de este año de mil ochocientos, dia de la Purificación de María Santisima, a la hora de las cuatro de la tarde, el Sr. D. Diego Menendez Arguelles, Abogado de los Reales Consejos, del Claustro y Universidad de Salamanca, del habito de Santiago, Vicario, Juez ordinario y Viistador general de esta Villa de Caravaca y las demas de su partido, por autoridad apostolica y real, etc. Asistido del Clero y Cruz mayor, pasaron procesionalmente al sitio llamado la Cueva, a espalda del Real Castillo y Fortaleza de la Sma. Cruz, habilitado a costa de esta Parroquia para osario de ella, el cual se bendijo por dicho Sr. Según lo previene el Ritual Romano, y finalizada la bendicion se canto un responso con musica, por las benditas Animas y se volvio con la misma ceremonia que se fue; y para que conste, como teniente Cura de esta parroquial lo anoto y firmo. Alfonso Viviente».

Tras este acto comenzaron a trasladarse los restos al osario, conociéndose a partir de ese momento como Cueva de los huesos. Por su parte el Ayuntamiento el día 8 de mayo de ese año contrató al niño Juan Ferrer, de 10 años de edad, como perrero de la parroquial, señalándole un salario anual de 6 ducados especificando que su función además de no dejar entrar perros en la referida iglesia era «conducir los huesos delos cadáveres al osario que se ha fabricado enla falda del Castillo».

La utilización de este osario fue bastante efímera, ya que a finales de este año Caravaca se vio afectada por una epidemia de peste que produjo una gran mortandad lo que fue motivo de que el Ayuntamiento prohibiese el enterramiento en las iglesias y ordenase la construcción de un nuevo cementerio, cumpliendo así lo dispuesto en la Real Orden de el 3 de abril de 1787 sobre edificación de cementerios fuera de las poblaciones,que no había ejecutado en Caravaca a pesar del tiempo transcurrido desde su promulgación.Sin embargo, el desacuerdo entre las autoridades civiles y religiosas sobre el lugar donde debía ubicarse demoró su construcción durante dos años, siendo finalmente inaugurado en 1802.