Juan Fernández del Toro/Arquitecto, escritor e investigador

El Paseo de Mula, ubicado al sur del casco antiguo de la ciudad, es uno de esos espacios urbanos cargados de historia y que encierra miles de recuerdos de los muleños. Y es que, su existencia desde el siglo XVI, hace de este espacio un lugar histórico.

Nos consta que ya en 1524 existía la Corredera en el lugar del actual paseo. En ella tenían lugar los alardes de los caballeros de cuantía, obligados a mostrar su armamento y caballo listos para servir a su patria. Es ya entre finales de ese siglo y comienzos del siguiente cuando pasa a conocerse como Plaza del Mercado, por tener menos relevancia los alardes que las mercaderías allí celebradas. En esas se mantiene el espacio, sin ser más que una explanada, hasta el primer tercio del siglo XIX, probablemente tras la desamortización del Convento de San Francisco, cuando la plaza se torna en un estercolero. Para revertir la situación, el Concejo limpió toda la zona y plantó una alameda que pasó a conocerse como Alameda o Plaza de San Francisco. Unas décadas después, en 1861, se aborda un importante proyecto para transformar aquella sencilla alameda en un paseo, a cargo del arquitecto provincial Juan José Belmonte y Almela, cuyas obras ocuparon casi toda la década.

Pocas modificaciones sufrió el paseo, más allá de la instalación de un palco para la música o la construcción de un abrevadero, hasta la década de los veinte del siglo pasado, cuando experimenta dos reformas. La primera, en 1920, consistió en un recrecido de la cota del pavimento, quedando todo a un mismo nivel. Para ello fue necesario aportar tierras y piedra que sirvió de sustento a aquellas y fue en esta tarea donde se tomaron un par de desafortunadas decisiones. Ante la necesidad, como decíamos, de piedra para acometer la empresa, los albañiles decidieron desmontar la última puerta de paso a la villa, ubicada en la calle Blaya y consistente en un arco de medio punto levantado con sillares de piedra, probablemente de la Almagra. De ello tenemos certeza por documentación oficial, no así de que corriera la misma suerte la Cruz de la Magdalena, ubicada en el entorno del paseo tras su traslado en el siglo XVII desde el camino de Murcia, cuyas noticias nos llegan por testimonio oral.

La otra reforma, la que podemos considerar «gran reforma» del paseo, fue la acometida en 1929. En esta ocasión, se pretendía dar un nuevo aire al jardín y para ello se contrató al maestro de obras muleño don Juan Huéscar Egea, un contratista de gran inteligencia y sobrados conocimientos en arquitectura y construcción que, a su vez, contaba con una cuadrilla de buenos albañiles. El paseo ideado por el maestro no debió de dejar a nadie indiferente, puesto que resultó un llamativo jardín de estilo español adornado con coloridos azulejos. Además, el espacio ocupado por la fuente-abrevadero desde finales del siglo XIX, lo tornó en una bonita glorieta con cuatro caños que los vecinos utilizaban para llenar sus cantaros y dar de beber a sus bestias en las pozas.

Fue el propio maestro de obras quien viajó a Manises (Valencia) para elegir los azulejos de entre los modelos ofrecidos por la fábrica de cerámicas de Eloy Domínguez Veiga. De allí trajo partidas de azulejos de distintos modelos con destino a decorar el jardín y la casa en construcción del entonces alcalde, don Leandro Llamas.

Farola

Sobre los cuatro pilares de los caños se colocaron sendas farolas con brazos en espiral de elegante trazado pero mucho más sencillos que los dispuestos en el interior del paseo, donde se colocaron ocho farolas procedentes de la fábrica de fundición de Francisco Peña, de Murcia, con llamativos brazos en forma de látigos o coup de fouet, tan característicos del Art Nouveau. En cuanto a los asientos, paralelepípedos chapados en azulejos, vinieron a sustituir a los sobrios bancos de madera colocados a comienzos de la década.

Farola

A esta reforma corresponde la plantación de especies vegetales tan características del jardín muleño como las cuatro palmeras, desaparecidas por la plaga de picudo; la elegante araucaria o los dos ejemplares de Sabina de Cartagena.

En definitiva, con aquella reforma promovida por el Concejo muleño e ideada por el maestro don Juan Huéscar Egea, Mula ganó una bonita estampa que fue transformada en 1975, pero que ahora estamos en proceso de recuperar.