Francisco Fernández García (Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Uno de los edificios más notables de nuestra ciudad es la antigua Iglesia  de los Jesuitas ubicada en la calle mayor, que fue inaugurada el 19 de octubre de 1739. A lo largo de su historia tuvo usos muy diversos, hasta llegar a nuestros días convertida en sala de exposiciones.

La iglesia de los jesuitas a comienzos del siglo XX

La iglesia de los jesuitas a comienzos del siglo XX

Como es sabido, los jesuitas tuvieron durante los dos siglos que duró su estancia en Caravaca dos asentamientos distintos. Tras su llegada en 1568, el primer lugar que ocuparon fue en las inmediaciones de la actual calle Colegio, no quedando de este establecimiento en la actualidad vestigio alguno, salvo, claro está, el nombre. Este lugar, que incluía la ermita de San Bartolomé donada por el Concejo, fue aceptado por los religiosos, pareciéndoles «muy a proposito para fundar»; sin embargo tras su establecimiento comenzaron a notar los inconvenientes que presentaba el lugar, entre los que figuraban el ruido de las campanas de la parroquial y la escasez de agua para el riego de sus huertos, por lo que comenzaron a enviar quejas al Provincial solicitando el cambio a otro nuevo. Tras dos décadas en este estado, finalmente en marzo de 1592 consiguieron autorización para trasladarse al nuevo lugar elegido, que se localizaba al principio de la calle mayor.

Las obras debieron de comenzar de inmediato, ya que a mediados de abril el rector del colegio caravaqueño, P. Gabriel Núñez, informó al P. General Claudio Aquaviva de que había «comenzado a abrir los cimientos de la yglesia trayendo para esto un buen maestro de Cartagena»; es opinión generalizada que el arquitecto a que se refiere el P. Nuñez en su carta era Pedro Monte, que en aquella época era maestro mayor de obras de la Diócesis de Cartagena.

Los trabajos se iniciaron de manera muy lenta, como consecuencia de la escasez de recursos económicos debida a la crisis generalizada existente en todo el reino, situación registrada por el P. Hernando Lucero en una carta remitida en la primavera de 1593: «El colegio de Caravaca se ayuda en lo que se puede para el edificio de su iglesia, en el cual podra ogaño crecer poco por la esterilidad grande que generalmente en todas partes trae el año». Sin embargo, la situación cambió totalmente dos años mas tarde gracias a la donación de una importante cantidad de dinero por parte de D. Jerónimo Pacheco, canónigo de la catedral de Jaén, procediéndose a la contratación de mayor número de trabajadores, exponiéndose de este modo en julio de 1595, cuando el P. Provincial Francisco Porres visitó las obras para inspeccionarlas: «sacandose toda la gente que se a podido para que puedan edificar la iglesia y casa deque tienen necesidad». Como dedicaron parte del capital a la compra de algunas casas para completar el solar sobre el que tenían proyectado construir el amplio complejo conventual así como huertos, edificios de labor, etc., hubo también que recurrir a las limosnas y donativos de los vecinos.

Sin que estuviese definitivamente construida, en 1614 se habilitó una parte de ella y se abrió al culto para que pudiera utilizarse como iglesia, mientras en el resto se continuaban las obras, lo que debió hacerse con muchas interrupciones, tal vez debidas a la enorme tarea constructiva que supuso el monumental edificio que constituía el colegio. El caso es que en 1717, existe constancia de que se estaba trabajando en la iglesia utilizando piedra procedente del cerro del castillo, lo que estaba prohibido por el Concejo, que ordenó de inmediato el cese de tal actividad. El 24 de abril de ese año los jesuitas enviaron un memorial pidiendo la revocación de la prohibición, pero el ayuntamiento tras ser informados por el maestro de cantería Alfonso Ortiz y el maestro de alarife Antonio del Campo, decidió mantenerla.

La poca capacidad de la parte de iglesia abierta al culto ocasionaba muchos inconvenientes a los jesuitas, teniendo en ocasiones que trasladar sus ceremonias a la parroquial en busca de mayor espacio y comodidad, ejemplo de ello lo encontramos en la cuaresma de 1730, momento del calendario litúrgico en que estos religiosos realizaban sermones y doctrinas todos los domingos, optando por el traslado «por la corta capacidad de la yglesia y no estar acabada la nueba», de modo que en 1733 hipotecaron gran parte de sus bienes y propiedades para obtener recursos necesarios para continuar los trabajos hasta su conclusión, con el fin de «perfizionar la obra de la iglesia de dicho colegio». La obra quedó totalmente finalizada el 23 de agosto de 1734, y tras dos meses de preparativos, se decidió su inauguración para el martes 19 de octubre de 1739.

A mediados de octubre el Prior el colegio caravaqueño se entrevistó con el alcalde mayor de Caravaca para invitarle, tanto a él como a los regidores y oficiales del Concejo, a la ceremonia de inauguración prevista para la tarde del día 19 en que se realizaría «la prozesion con el Santisimo sacramento para colocarle en la nueba Yglesia». El lunes 18 el alcalde mayor expuso esta información en la habitual sesión del concejo, acordando «asistir a dicha procesión y a lleuar los capitulares las varas del Palio en conformidad dela Real Executoria que tiene sobre ello».

Los años siguientes fueron también de intensa actividad, ya que quedaba toda la dotación del templo, cuyo retablo mayor, realizado por el maestro retablista murciano José Saéz asentado en Caravaca desde 1754, se contrató en 1756, siendo instalado en agosto de 1758, tras los tres años que duró su fabricación.

Esta iglesia, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Anunciación al igual que el colegio, se convirtió en una de las principales de la villa, ante cuya puerta se detenía la procesión de la Santísima y Vera Cruz según refiere el Padre Cuenca en su libro: «el dia tres de mayo de cada año se detiene la procesion a la puerta de la Iglesia de dicho Colegio, y esta puesta la Soberana Cruz en sus andas, en una mesa que tienen bien aderezada y vestida mientras la musica canta algun villancico, a que asiste toda la comunidad de dicho Colegio con sobrepellices y velas encendidas». Este mismo autor nos da también noticia de una milagrosa cruz, replica de la patrona caravaqueña hoy en paradero ignorado, que custodiaban con celo los jesuitas en su iglesia: «Tienen en este Colegio entre muchas reliquias una Cruz de cuatro brazos de el tamaño de la Santísma Cruz, que habiéndosela aplicado a muchos enfermos, han mejorado de sus dolencias: debio de comunicarla Dios alguna parte de la gran virtud de hacer prodigios que tiene esta Sagrada Cruz de Caravaca, cuando estuvo por mucho tiempo esta de el Colegio, con esta Soberana Cruz de Caravaca, subdelegando en ella su Majestad Santísima el poder concedido a esta Cruz Angélica».

La iglesia continuó su natural funcionamiento hasta el año 1767, en que el rey Carlos III decretó la expulsión del todos los jesuitas de España, con el consiguiente abandono de sus bienes y propiedades. La publicación de esta orden en Caravaca tuvo lugar el 27 de ese mes y su entrada en vigor fue inmediata.

La iglesia continuó teniendo culto algunos años mas convertida en adyutriz de la parroquial de El Salvador, hasta su cierre definitivo, sufriendo a partir de entonces importantes deterioros, tanto la iglesia como el Colegio, reseñados por Martínez Iglesias en su libro de 1847: «el edificio, casi arruinado, aunque hermoso y de bella construcción, a causa del abandono de él, y de habitarlo, hace muchos años, menestrales pobres, que no solo han destrozado lo poco que respetó el ejército de napoleón, si que también, por la codicia de hallar tesoros, han roto y quebrantado las principales y mas fuertes paredes maestras. En los años de 1821 al 1822, fue tanto el afán de algunos de estos zahories de riquezas, que llegaron a descubrir  en el crucero de la iglesia de este colegio el sagrado e ignorado sitio, donde yacían los cuerpos de los expresados fundadores».

En 1843, previa subasta judicial, la iglesia fue vendida siendo adquirida en esa fecha por el caravaqueño D. Pedro Ignacio Ródenas por un importe de 124.576 reales, procediéndose a la desmantelación total de la misma, repartiéndose algunos de sus bienes muebles entre distintas iglesias de la población (el retablo mayor, por ejemplo, se desmontó de la iglesia en mayo de 1876, siendo trasladado y colocado en la parroquial de El Salvador, donde aún permanece) aunque de la mayoría se desconoce su actual paradero.