JUAN GARCÍA MARTÍNEZ

Caravaca que te encuentras al pie del Cerro Gordo, rodeada de sus montes y el encanto de sus Fuentes (Fuentes del Marqués); tu que me conociste tan pequeño y perezoso, hoy que ya soy mayor y yo te voy conociendo, me siento muy orgulloso de ver lo que estás creciendo, lo que estás prosperando y en lo alto que te estás poniendo.

Qué caravaqueño “no” tiene en su pensamiento, el tesoro de esas Fuentes, por la riqueza que nos dan sus aguas. Con ellas se riegan nuestras tierras y de sus cosechas y de sus frutos comen en esta ciudad su gente.
Los viejos sueñan con ellas, por esos manantiales que tienen y los niños se divierten, viendo como corren en esas aguas sus peces, las señoras las aprovechan para dárselas a sus plantas y verlas como ellas crecen.
Qué bonita es Caravaca, qué grande y qué bella eres, siento una gran emoción al empezar a subir la cuesta haciendo el camino hacia la Basílica, para hacer el Jubileo. Me paro en la curva de la Iglesia de la Soledad un poco a respirar, algo siento en mi alma, que yo no puedo evitar, de que salga de mis labios esa palabra que dice: Virgen de la Soledad, ¿Dónde estás?, contigo quisiera hablar y preguntarte por el misterio de esta vida que nadie me sabe explicar, porque nuestra vida parece como si fuese “alquilada”, por el precio que pagamos, cuando llevamos alguna espina clavada. Sigo haciendo el camino y llego a esa otra curva “legendaria” por su tradición de sufrimiento y pasión y por su historia de los Caballos del Vino. Tanta historia tiene que ya no me sé explicar. Y sigo haciendo el camino para llegar a la puerta de esa muralla que hay que cruzar, ese arco para entrar a la explanada y llegar a la Basílica.
Antes de cruzar ese arco vuelvo la vista hacia atrás y moro a mí alrededor y bien me pongo a pensar qué grandeza y que bondad que tuvo la Santa Providencia de que viniesen hasta aquí astillas de aquel madero, de donde acabó la vida de Nuestro Padre Jesús el “Nazareno”. El también hizo un camino desde su ciudad natal Belén de Judea, pasando por Nazaret, Galilea, el río Jordán, Palestina, Canaan y otros pequeños pueblos y aldeas que hoy no existen ya, hasta llegar a Jerusalén, su destino final, donde el gobernador romano de Judea, Poncio Pilatos, mandó su crucifixión en el monte del Calvario, donde derramó su sangre, un recuerdo para la eternidad. Lo hicieron así porque le tenían envidia de ver su grandeza y su bondad; cómo iban a crucificar a Barrabás si no les estorbaba para nada.
Yo sigo haciendo el camino y estando en la Basílica, me pongo de rodillas y empiezo a rezar; es entonces cuando empiezo a comprender que se presume de ser feliz, a veces dejando atrás cuando has hecho algún mal, o no te has portado bien con los demás, una asignatura pendiente de aprobar.
La fe de nuestra patrona traspasa fronteras y el resultado ahí está: que vienen de todas partes, con esa ilusión de poderla adorar.
Yo aquí termino el jubileo, adorando a nuestra Patrona con muchísimo cariño, sencillez y humildad.
“Envidia le tengo yo a aquel que siembra y reparte, semillas de la que sembró, y la fe de nuestra patrona la lleva en su corazón”