Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

La festividad del Triunfo de la Cruz de 1617 fue el día elegido para el inicio oficial de la construcción del actual Templo de la Stma. y Vera Cruz, celebrándose una solemne ceremonia en la que se procedió a la colocación de la primera piedra.

Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

La festividad del Triunfo de la Cruz de 1617 fue el día elegido para el inicio oficial de la construcción del actual Templo de la Stma. y Vera Cruz, celebrándose una solemne ceremonia en la que se procedió a la colocación de la primera piedra.

Con esto culminaba un viejo proyecto del Concejo caravaqueño en cuya consecución se invirtió casi un siglo y cuyas primeras manifestaciones las encontramos en noviembre de 1538 al enviar el Concejo un mensajero a la Corte para poner en conocimiento de don Pedro Fajardo y Chacón, Marqués de los Vélez, la necesidad de su construcción. Aunque el Marqués había mostrado su generosidad y devoción a la Vera Cruz, en esta ocasión la petición no tuvo efecto. Pero no por ello cayó en el olvido, retomándose a principios del siguiente centuria, concretamente en 1606, cuando el Concejo decidió enviar un emisario a la Corte para solicitar al Rey el arrendamiento de la media anata durante el tiempo que estuviese vacante la encomienda Caravaca y destinar los ingresos a la construcción del nuevo templo. La media anata era un impuesto cargado sobre las rentas del comendador, pero al estar vacante en esos momentos, las autoridades vieron la ocasión de conseguir la financiación necesaria para acometer el proyecto: “pues otras vezes que a vacado esta encomienda sea gastado en obrar palacios para el comendador y reparar la fortaleça y el dicho templo estando dentro dela misma fuerça se podia favricar de manera que sea de mucho adorno y defensa del castillo enque se hara muy gran seruiçio a dios y esta villa”, justificando su demanda con diversas razones, entre ellas el patronato municipal sobre la reliquia y el mal estado de la capilla y sus escasas dimensiones. Tampoco en esta ocasión se alcanzó el objetivo, pero a principios de febrero de 1610, tras la promulgación de las leyes sobre la confiscación y venta de los bienes de los moriscos, el Concejo se dirigió nuevamente al monarca solicitando esta vez la concesión de una limosna procedente de la enajenación de los bienes de los numerosos moriscos afincados en Caravaca para poder “zelebrar sus festibidades con la notoriedad que a tan alta Reliquia se debe”. No obstante, el preocupante estado en que encontraba la torre donde se ubicaba la capilla, “la torre fuerte del omenaxe donde esta la santa bera cruz y capilla della amenaça ruyna”, fue causa de que en mayo de 1610 se ordenara su urgente reparo. Para acometer la empresa solicitaron la mediación y servicios de Bernardino de Adrada Godínez Sandoval, “obrero mayor desta provinçia por su magestad”, que se encontraba en esos momentos en Caravaca, suplicando igualmente a la Corona la concesión de “algunos adbitrios y ayudar aesta villa con mill ducados para el reparo del texado”.
La respuesta a este siglo de demandas llegó de manera inesperada el 5 de julio de 1610, cuando el alférez mayor de la villa presentó ante el Concejo una carta don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, Duque de Uceda y comendador de Caravaca, autorizando la construcción del templo: “que la obra dela santa bera cruz y su tenplo se haga y que para esto se le envie vna planta deel castillo y traza della yglesia”. Para no desaprovechar la ocasión, comisionaron a don Pedro Muñoz de Otálora, alférez mayor, para la realización urgente de todas las diligencias necesarias para iniciar el proyecto, entre ellas los planos requeridos por el comendador, que fueron confiados a los maestros de cantería Damián Pla y Miguel de Madariaga, quienes fueron recompensados por su trabajo con 12 ducados, siendo presentados ante el Concejo el 27 de septiembre de 1610.
Las primeras noticias sobre su financiación llegaron a Caravaca a finales de abril de 1612 también a través del alférez mayor, quien el 25 de ese mes comunicó al Concejo que había “tenido noticia y zertidumbre como por medio del Duque de Uzeda, comendador de esta Encomienda, Su Magestad a hecho merced a esta Villa de dar de limosna para la obra del Templo de la Santa Cruz de seis mil ducados y estos que se tomen de las haziendas de los moriscos”. No obstante, no sería hasta el 23 de julio cuando se tuvo confirmación de ello mediante una Real Cédula expedida por Felipe III autorizando la concesión “para labrar vna Capilla capaz y deçente en que estuuiese la Santa Cruz que esta aora en la Fortaleza de la dicha Villa con gran desautoridad e indeçencia”.
A finales de agosto de decidió la realización de nuevos planos, que fueron encargados al arquitecto carmelita fray Alberto de la Madre de Dios, desechándose el 3 de septiembre definitivamente las trazas presentadas por Madariaga y Pla dos años antes.
En marzo de 1613, tras el cobro de parte de las rentas asignadas por el monarca, comenzaron los pregones públicos de la obra para adjudicar su ejecución, tanto en Caravaca como en diversas ciudades de los Reinos de Murcia y Granada “y en los demas lugares comarcanos donde paresçiere e combenga”. La concesión definitiva tuvo lugar a principios de junio de 1614, aceptándose la oferta presentada por Damián Pla que se comprometió a realizarla en seis años por un importe de 6.000 ducados, cantidad que sería incrementada por el Concejo hasta “quatro mill reales mas para ayuda a pertrechos”, en caso de ser necesarios, para que el edificio “quede con la perfeçion que se requiere y esta en la dicha traça”. El 4 de junio desde Madrid, Felipe III concedió otros mil ducados, con las mismas condiciones que los 6.000 anteriores para que “el edificio de su Capilla se continue y acabe con toda breuedad”.
Siguiendo las disposiciones reales, para disponer de la liquidez necesaria se constituyó el capital en censo enfitéutico, siendo adjudicado a don Alonso de Tenza Fajardo, Marqués de Espinardo. Además de lo reseñado, el monarca añadió el 14 de julio un arbitrio sobre las cabezas y asaduras de las reses que se sacrificasen en Caravaca por espacio de doce años, facultad que sería prorrogada en otras posteriores ocasiones.
Pese a todo, a principios de 1616 la obra todavía no había dado comienzo, debido fundamentalmente a la ausencia de capital: “no a auido remision en començarla sino falta de dineros”, aunque los preparativos se fueron ultimando conforme avanzaba el año, de modo que mediados de enero se informaba de la conclusión de un nuevo camino de subida al castillo para facilitar el transporte de los materiales hasta la obra: “por su estrechura y ser muy agrio sea fecho camino nuevo por parte mas acomodada y llana por el qual puede subir carros de bueyes” y se solicitó al Rey licencia para la rotura de un trozo de muralla necesaria para acceder al interior, concedida por una Real Provisión mostrada al Concejo en la sesión del 7 de abril, con la condición de que la volvieran “a reedificar como estaua al tiempo que la rompieron”. Asimismo hubo que requerir al Consejo de Ordenes la correspondiente autorización para ocupar una parte de la superficie del patio del castillo, según lo dispuesto en los planos de Fray Alberto.
También hubo cambios en la dirección de las obras, ya que se rechazaron las fianzas presentadas por Damian Pla por considerarlas insuficientes, recayendo en Miguel de Madariaga, que se ofreció a hacerse cargo de la obra “y guialla y alos demas oficiales que fuesen nescesarios para ella con que se le diesen cada un dia de trauaxo a El y a un ayudante onze Reales y que dellos se surtiria dandoles casa en la misma fortaleza para poder asistir Mexor. Y que los dias de fiestas trauaxarian sin ningun jornal solo por la comida”.
Finalmente, el 19 de septiembre de 1616 puesto que contaban con los fondos necesarios para ello, el concejo ordenó el comienzo las obras: “quela obra dela santa cruz esta por començar y aunque hay dinero llegado no se gasta ni enplea en la dicha obra”.

Aunque los trabajos se habían iniciado algunos meses antes, dos fueron los actos que en el verano de 1617 se dispusieron para solemnizar el comienzo de las obras del nuevo templo de la Cruz: la bendición y colocación de la primera piedra y la introducción de una lámina de plomo conmemorativa en una de las piedras de la torre de la Cruz.
El primero tuvo lugar el domingo 16 de julio, eligiéndose ese día por conmemorarse la festividad del Triunfo de la Cruz, cuya celebración había sido instituida en Caravaca en 1605 a petición del licenciado Juan Robles Corbalán. Ese día se reunieron las autoridades civiles y religiosas, encabezadas por el gobernador y justicia mayor del partido de Caravaca el licenciado don Luís Torres Crespo y el vicario santiaguista licenciado Alonso Pizarro Navarro, encaminándose todos al castillo a través de la calle Barbacana, “orilla de la zerca de el Castillo y Fortaleza”. Al llegar al lugar donde se había roto la muralla del castillo para introducir los materiales, “donde dizen el sol saliente”, se efectuó la bendición de las obras en un altar instalado a tal efecto. La ceremonia fue oficiada por el presbítero Sebastián Torrecilla, participando también en ella el licenciado Cristóbal Suárez, maestro de Capilla, “con la solenydad de canto y chirimyas”. A su conclusión se dirigieron al “puesto arrimado a la torre donde esta la Santisima Cruz”, procediéndose a la colocación de las primeras piedras: “los dichos señores vicario y governador echaron espuertas de cal amasadas y sobre ella se pusieron y fixaron por sus propias manos cada uno dos piedras grandes, y luego los demas cavalleros regidores, sindico y cura y otras personas fueron echando cal y piedra con que se començo el dicho edifiçio y Templo, y le fue prosiguiendo Miguel de Madariaga, maestro de canteria”. Para dar fe de todo ello se ordenó la redacción de las correspondientes actas: “que ponga un auto en el libro de el Ayuntamiento y otro en el libro de los Bautismos de la Parroquial”.
El 1 de septiembre, mes y medio después del anterior, se llevó a cabo el segundo de los actos al que, dado su carácter laico, no asistió ningún miembro del estado eclesiástico, estando presidido por el licenciado Torres Crespo, gobernador del partido, concurriendo también a él los miembros y oficiales del Concejo y “otras jentes vecinos desta Villa”. El acta expedida al efecto nos ofrece una detallada descripción de lo sucedido esa jornada: “se puso e ynbutio en una piedra grande blanca labrada de canteria una lamina de plomo … y ansi enbutida la dicha lamina en la dicha piedra se çerro y tapo con yeso por Miguel de Madariaga, cantero que entiende en la obra y Templo de la Sanctisima Cruz, y fecho lo susodicho en presencia de su merced del dicho señor governador y caballeros regidores y de mi el escribano por el dicho Miguel de Madariaga y demas oficiales que con el entienden en la dicha obra, fue puesta y fixada y asentada la dicha piedra y lamina della en una esquina de la torre donde esta la Santisima Cruz, que la dicha torre cae a la parte del sol saliente en la obra nueba que agora se haze que la esquina es la que sale a la parte del mediodia y esta en la sesta hilera contando desde la primera basa de la parte de abajo, la qual haçe esquina viva y ansi quedo puesta y encaxada la dicha piedra y lamina della”.
La lámina llevaba grabado un texto en latín cuyo contenido conocemos gracias a la copia realizada por el escribano Sebastian Torrecilla, ya que la original continúa empotrada en la torre, en el mismo lugar donde fue colocada hace casi cuatro siglos. En ella se registra el acto celebrado el 16 de julio, reseñando las autoridades que lo presidieron y el agradecimiento al rey Felipe III por “su magnanimidad”, resaltando igualmente la importante labor desarrollada por el padre Luís Ferrer.
Si bien las obras comenzaron a buen ritmo, antes de cumplirse el primer aniversario surgieron los primeros inconvenientes ocasionados por la falta de materiales, según expuso el maestro encargado de la obra en abril de 1618: “por no darle piedra ques nesçesaria y otros materiales para proseguir la dicha obra y el esta holgando sin tener en que trauaxar”. Para solucionar este problema se intentó abaratar los costes buscando “carros y vestias” que transportasen los materiales gratuitamente y jornaleros dispuestos a trabajar “de limosna” los días festivos, activándose asimismo la provisión de capital ordenando la cobranza de las limosnas prometidas por varios regidores y otros devotos.
El desarrollo de las obras fue bastante irregular, debido a los conflictos financieros ocasionados por los habituales impagos del censo tomado por del Marqués de Espinardo, por lo que tuvo que recurrirse nuevamente al Rey en 1627 para que prorrogase durante 8 años más la concesión del arbitrio sobre las cabezas y asaduras, aunque no con ello se consiguió solucionar el problema, sucediéndose periodos de escasez e incluso de falta total de fondos, llegando incluso a su paralización en los años centrales del siglo, como se declara en el intento del cobro de los atrasos del Marqués de Espinardo: “devito que debe tan considerable a la fabrica de la Santa Cruz que es causa de estar parada su obra”. Para intentar la reanudación de los trabajos, el Concejo obtuvo en abril de 1657, según refiere Marín Espinosa en su libro, la concesión de un nuevo arbitrio que le permitía la recaudación de 2 maravedíes por cada libra de carne y 2 reales por cada arroba de aguardiente que se vendieran en la población. Pese a ello no fue posible la continuación, por lo que en 1657 se cubrieron con tejas las paredes que estaban levantadas para evitar su deterioro: “por cuanto la obra de la Santa Cruz esta parada muncho tiempo a y no esta proximo el proseguirla y para que se escuse el daño que tiene la obra, se acordo se cubran las paredes con texa para que no le hagan daño las aguas”.
Apremiado por la insistencia del monarca, el Concejo intentó reactivar el proyecto acordando el 21 de mayo de 1660 sacar a pregón y subasta pública las obras de finalización del crucero de la iglesia; pero unos días más tarde, tras la tasación de la obra por el maestro de arquitectura Pedro de Quintana que acudió desde Alicante para realizarla, tuvo que rectificar licitando tan solo la saca y portes de los materiales y fijando la realización a jornal de las obras puesto que “seria de inconbeniente proseguirla a destajo pues quien la tomare se presume que solo mirara a sus combeniençias y no a el luçimiento y perpetuidad y perfeczion que semejante obra requiere”; decidiendo consultar el resto al Real Consejo de Ordenes.
Los trabajos se pusieron nuevamente en marcha en octubre de 1661 bajo la dirección del “maestro escultor y arquitecto, natural de Zaragoza” Melchor de Luzón, con la obligación de seguir los planos originales y asistir personalmente a la obra ejecutando él mismo las “partes de escultura, talla, tarjas y demas cosas primorosas, así de yeso como de piedra”. Tampoco esta etapa estuvo exenta de problemas, deteniéndose las obras en diversas ocasiones, lo que determinó que Luzón abandonase el proyecto sin haberlo concluido.
En 1677 se hizo cargo de las obras el arquitecto lorquino José Vallés que, con cierta intermitencia, permaneció hasta la conclusión del templo y su inauguración en 1703 a falta de la fachada, para la cual realizó Vallés un nuevo diseño, que le sirvió para saldar una deuda que mantenía con la fábrica de la Cruz, aunque no pudo encargarse de su fábrica debido a su fallecimiento al año siguiente. La fachada se construyó a lo largo de la primera mitad del siglo, presentando en 1758 un aspecto similar al actual, faltándole “todas las efigies que deven construyrse de piedra, para poner en los nichos que se hallan en dicha portada” que nunca llegaron a ejecutarse.