Francisco Fernández García (Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

A mediados de diciembre de 1586 llegaban a la villa de Caravaca un pequeño grupo de frailes carmelitas descalzos con la misión de fundar un convento de su orden. Al frente de ellos figuraba el Provincial de Andalucía, un fraile de 44 años de edad llamado Juan de Yepes y que pasará a la historia como San Juan de la Cruz. No era la primera vez que visitaba Caravaca, ya lo había hecho en otras cinco ocasiones y posteriormente regresaría a ella otra vez más; siendo en total siete, entre los años 1579 y 1587, las veces que San Juan de la Cruz estuvo en nuestra ciudad.

Para él Caravaca era un lugar especial, ya que aquí le habían sucedido algunas circunstancias sorprendentes. El carmelita gallego fray José de Jesús María en su libro “Historia de la vida y virtudes del Venerable P. F. Juan de la Cruz” publicado por primera vez en Bruselas en la imprenta de Juan de Meerbeeck el año 1628 refiere varios de estos asombrosos sucesos, entre ellos el acaecido durante una de las misas que ofició en la iglesia del Monasterio de San José: «Estando una vez diciendo misa en la iglesia de nuestras monjas de Caravaca vieron algunas de ellas que le resplandecia el rostro al modo de una estrella que echa de si rayos. Era esto en acabando de alzar la primera vez la hostia, y admiradas de cosa tan rara, vieron luego otra mas admirable, porque de encima de los corporales salian unos rayos de luz hermosisima que hiriendo en el rostro del sacerdote causaban el resplandor primero. No vieron las religiosas mas que esto y una atencion como suspensa del Venerable Padre, que tenia los ojos tan clavados en el Santisimo Sacramento y tan suspendidas todas las demas acciones corporales como si no fuera cuerpo animado, y de esta manera estuvo gran espacio. Por todo lo cual sospecharon las religiosas que aquel Señor que se quiso quedar entre nosotros encubierto para nuestro consuelo y remedio habia querido por aquel instante correr la cortina de la fe a aquel gran amador suyo, para que con los ojos corporales viese lo que ella representaba en los del alma. Acabada la misa y habiendo dado gracias se entro en un confesionario donde le aguardaba la madre priora Ana de San Alberto, religiosa antigua y compañera de nuestra madre santa Teresa, la cual por sacarle algo mas en particular de  lo que ella venia tan admirada, dijo al padre Fray Juan de la Cruz “¿quéfue aquello de la misa, que tambien aca habemos visto algo?”. La respuesta que dio a esto fue un suspiro tan profundo que parecia arrancaba con él el alma, y quedose suspenso y como absorto llevado poderosamente de las dulces memorias de la gloria que habia tenido presente. Y cuando volvio dijo: “Grandes bienes ha comunicado Dios a este pecador. Con tanta Majestad se ha manifestado a mi alma que no podia acabar la misa, y por esto temo algunas veces de ponerme en el altar. Sirva lo que ella ha visto hoy para su aprovechamiento, que descubre mucho de la bondad de Dios lo que hace Su Majestad con este gusanillo. Y mire que no lo diga a nadie”. Quisiera la madre Priora saber mas en particular la vision, pero no pudo sacarle mas distinta noticia de ella, con ser esta religiosa de las personas que mas familiarmente trataba por la mucha virtud que en ella conocia. Tanto como este era el recato que tenia en no descubrir las mercedes a que Dios le hacia, ni aun a los muy amigos».

Dionisio de Tomás Sanchís, basándose en tres declaraciones de la madre Ana de San Alberto, primera Priora del Monasterio de San José de Caravaca, y en una de la hermana María del Sacramento menciona otro ocurrido en la misma iglesia con idénticos protagonistas en el que se atribuye un origen divino a la fundación del convento caravaqueño: «El padre Juan de la Cruz celebra la misa en la iglesia de las monjas. Dando gracias despues de la comunión se detiene más de lo acostumbrado. Regresado a la sacristía le pregunta la madre Ana del porqué. El padre Juan le responde: Hija, Nuestro Señor gusta que en esta villa se haga convento de frailes; anímese y trate de ello, que es voluntad de Dios. Procure que no falte en el coro conmemoración de Nuestra Señora, cada día, y no espere mucho de lo temporal, que Dios lo irá dando. La madre Ana se sonrió pareciéndole que era imposible por la poca comodidad que había, pero creyó en las palabras del Santo y se puso manos a la obra». José León Santiago en su libro Caravaca, la Cruz, los Carmelitas, siguiendo el texto de Francisco de Santa María de 1654 “Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen” y la información facilitada por el historiador de esta orden Silverio de Santa Teresa narra así el hecho: «Mientras el santo decía la misa un sol resplandeciente le envolvió. Duró mucho la misa. Después de la misa y de dar gracias le llamó la Madre Priora al confesionario preguntándole por la causa de ese fenómeno ocurrido. El Padre le contó: Hija, el Señor me ha dicho: Dile a la priora me procure se haga aquí un Convento de Frailes, que me tengo de servir mucho en él, que yo le ayudaré. Procure las Provisiones del Consejo y el beneplácito de la villa, y tenga fe que se hará el convento. La M. Ana se encargó de diligenciar las licencias necesarias para la fundación y lo hizo con habilidad y fortuna, venciendo todos los incovenientes, que no eran pocos, por pertenecer Caravaca a la Encomienda de Santiago».

El motivo de la visita de 1586 fue la fundación del convento, que había sido oficialmente solicitada por el Concejo y el Vicario en febrero de 1586 y aprobada en la Junta General de la Orden celebrada en Madrid el 1 de septiembre de ese mismo año. Se instalaron provisionalmente en un inmueble próximo a la ermita de la Concepción donde pusieron el Santísimo Sacramento el día 16 de diciembre de 1586 realizando la posesión dos días mas tarde; la tradición señala que el edificio que conocemos como Casa de San Juan de la Cruz es el que ocuparon en esa ocasión. Dos testimonios nos quedan de ello, el de la Madre Ana de San Alberto que en 1615 declara que «el dicho venerable padre vino a esta villa y puso el Santísimo Sacramento en una casica harto pobre, que para dar principio a esto se alquiló, junto a Nuestra Señora de la Concepción» y el de Jerónimo de San  José, que en la biografía que publicó en Madrid el año 1641 titulada Historia del venerable padre fray Juan de la Cruzmanifiesta que «Compró para ella un sitio que estaba edificado un cuarto de casa de tapias viejas y tabiques de veinte y seis pies de largo y diez y seis de ancho, el cual estaba en medio de una calle muy espaciosa, sin tener cosa arrimada. Poseianla moriscos y pagaban seis ducados de renta, y por el tanto la tomó el siervo de Dios. En lo bajo de este edificio hizo la mitad de él iglesia, de la otra mitad sacristía, portería y escalera. En el primer alto puso cocina, refectorio y despensa, y en los camaranchones siete celdas con un callejón, y esto era todo el monasterio. Púsose el Santísimo Sacramento a diez y seis de diciembre de mil quinientos ochenta y seis, con la advocación de Nuestra Señora del Carmen».Tras dejar al frente de la comunidad al caravaqueño fray Diego de la Concepción, San Juan de la Cruz partió de la villa.

El séptimo y último viaje se produjo entre los meses de febrero y marzo de 1587 coincidiendo con la fundación del definitivo convento, ya que el 1 de marzo de 1587, en palabras de Jerónimo de San José, «Desde la casa provisional trasladan el Santísimo Sacramento a la casa comprada definitivamente para la fundación situada al mediodía de la villa». El lugar elegido, procedente de la donación de la madre de un religioso, es el que continúa ocupando en la actualidad y nos es descrito por el citado biógrafo como situado a dos tiros de piedra  del primitivo emplazamiento, junto a la acequia de agua que llega desde las Fuentes del Marqués.