Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Este 15 de junio se cumplen 120 años del nacimiento de Miguel de Luelmo Asensio, destacado político caravaqueño por el que siento gran admiración y respeto, no solo por su trayectoria y labor, sino también, por ser quien personificó en nuestra ciudad los valores del republicanismo así como los ideales de libertad y justicia que perseguía, aprovechando esta circunstancia para ofrecer algunos datos inéditos a la poco conocida biografía de este interesante personaje, referidos a la época de su exilio procedentes de la correspondencia privada mantenida entre Mateo Caballero Pérez, antiguo militante de la C.N.T. y concejal del primer ayuntamiento republicano de Caravaca, y Miguel de Luelmo, a partir de la marcha de España de este último tras el fin de la Guerra Civil. La serie, formada por 10 cartas enviadas por Luelmo a Caballero entre 1948 y 1968, y 6 remitidas por Caballero a Luelmo en idéntico periodo, fue llevada al Archivo Municipal para su digitalización por Miguel Ángel Valero López, nieto de Mateo Caballero, a quien agradezco las facilidades y el interés puestos para ello.


Nacido el 15 de junio de 1897, Luelmo tuvo una breve pero intensa carrera política de la que me he ocupado en ocasiones anteriores. Querido y respetado por todos, “el Padre del Pueblo» (así le llama todo el vecindario, tengan el color político que tengan)”, fue el primer alcalde caravaqueño durante la II República, siendo designado con carácter provisional el 15 de abril de 1931 y oficialmente dos días después, manteniéndose en la alcaldía hasta el 17 de mayo de 1934. En febrero de 1936 regresó nuevamente a la alcaldía, pero de manera muy breve, ya que dos días después de su elección presentó la dimisión el 24 al haber sido nombrado Gobernador Civil de Huelva. Poco antes del inicio de la Guerra Civil se instaló en Murcia donde desarrolló una importante actividad en defensa de la Republica y del gobierno legítimo ocupando puestos tan destacados como la Presidencia del Frente Popular de Murcia, el Gobierno Civil interino de Murcia y la Presidencia del Consejo Provincial (organismo que sustituyó a la Diputación Provincial).

A pesar de los datos ofrecidos, su figura y trayectoria continúa siendo bastante desconocida, especialmente a partir de su marcha de España, conociéndose solamente su encuentro con el diplomático caravaqueño Fernando Sebastián de Erice en el Puerto de La Guayra, narrado por este último en 1984. Así pues, esta nueva información resulta muy valiosa ya que nos permite conocer a través de su testimonio tanto algunos aspectos de esta etapa de su vida como su carácter y determinación para afrontarlos, ofreciéndonos al mismo tiempo su faceta más personal, su carácter, fuerza y determinación, no exenta de un cierto desencanto: “tengo ya mucho pelo blanco en la cabeza para dejar de ser cauto y además nada merece la pena, si ha de proporcionarte alguna contrariedad”.

En una de las cartas, la única sin fechar pero que debe ser de sus primeros años en Venezuela, narra las dificultades de su nueva situación, obligado a empezar una nueva vida en un país extraño, sin amigos ni medios, mostrando al mismo tiempo su añoranza por Caravaca: “En estas tierras no hay más remedio que trabajar y duro para salir adelante, no creas que por esto me quejo, ni mucho menos; considero esta vida de trabajo mucho más interesante que la de ocio que llevaba en otros tiempos y únicamente echo de menos tantos y tan buenos amigos con quien pasar un rato agradable, comerse unas migas o unas tortas fritas, como en otros tiempos ya lejanos. Aquí no tengo ningún amigo, ni más sociedad que mi casa y mis ocupaciones; trabajo en una fábrica de granitos para la fabricación de mármol artificial, mi puesto es de Gerente Comercial, estoy muy consideración, yo procuro cumplir bien y tomarme interés por su negocio, pero creo que muy pronto cambiaré de ocupación, pues estoy ya más de un año y deseo otra cosa más productiva, gano mil bolívares mensuales, suficiente para vivir decentemente, pero no para labrarse un porvenir para cuando ya no pueda uno ganarse la vida, y yo me hago viejo rápidamente”. Además de esta se intuyen también otras ocupaciones entre ellas ciertos negocios de importación, exportación y representación que al parecer no llegaron a cuajar, y que le determinaron a finales de 1948 a dejarlos, abandonar Caracas y “montar una panadería” en una de las ciudades del interior del país. En este sentido fabrica, hay que anotar que su padre tuvo durante muchos años una fábrica de harinas en nuestra ciudad, por lo que debía de tener ciertos conocimientos al respecto.

Sin embargo, el negocio resultó desastroso, dando testimonio de ello en una carta fechada el 16 de abril de 1953: “Efectivamente, estuvimos año y medio en el interior del país corriendo una aventura que pudo costarme muy cara, ya que consumí los pocos ahorros que tenía, no me cumplieron lo que me habían prometido y para colmo, enfermé bastante gravemente estando a punto de llegar a una situación crítica, pero afortunadamente encontré un buen amigo que me propuso volver a Caracas y empezar un negocio, en el que estoy marchando con dificultades, pero voy saliendo adelante y en el fondo, no estoy descontento pues cuando hay que hacerlo todo con los propios medios y estos son escasos, nada tiene de extraño que las dificultades sean grandes, pero como te digo anteriormente vamos saliendo adelante, única aspiración, pues yo no tengo ilusiones de riquezas, que para nada me hacen falta, solamente deseo vivir honradamente de mi propio esfuerzo y consiguiendo esto, me siento feliz”. Este nuevo negocio estaba dedicado a la producción de granito, constituyéndose para ello la sociedad “Luelmo, Fragiel & Co.”.

Las cartas también muestran asimismo su lado humano, su nostalgia de Caravaca y sus viejos amigos, “daría cualquier cosa por daros un fuerte abrazo”, su aceptación de la realidad, su conformidad con lo que le tocó vivir, construyendo una nueva vida basada en el trabajo y en el gusto por las cosas sencillas: “Estoy contento con mi suerte, trabajo con interés y créeme que amo esta vida de actividad y trabajo cada día más, una sola preocupación tengo y es la de que un día no podré trabajar y no sé qué será de mi vida llegado ese momento, por lo demás no tengo ninguna ambición de riquezas ni de otra índole” y aunque a menudo manifiesta su deseo de volver a España, justifica también sus razones para no hacerlo: “mis ocupaciones aquí son muchas, mis necesidades de ganarme el pan son perentorias y no creo que en esa pudiera ganar para vivir como aquí, pues aunque no sea siempre agradable depender de otro, hay tampocas cosas agradables en la vida que no hay más remedio que llevarlo con paciencia y hasta con gusto, eso es lo que hago yo. Además, ¿en qué puedo yo trabajar allá a mi edad y en mis circunstancias?”.
Luelmo retornó a España en 1967, fijando su residencia en Valencia donde vivió hasta su fallecimiento en 1971, sin haber regresado nunca su ciudad natal.