Francisco Fernández García/(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

El pasado 12 de agosto las clarisas culminaban la celebración del octavo centenario de la fundación de su orden religiosa, ese mismo día se cumplían 294 años de la inauguración de su iglesia en Caravaca, una buena ocasión para recordar su accidentada construcción, repleta de problemas que llevaron a la cárcel a los dos arquitectos que en diferentes momentos estuvieron al frente de las obras, algunos de los cuales fueron dados a conocer por José Antonio Melgares en su interesante libro publicado en 1995 El Monasterio de Santa Clara de Caravaca de la Cruz.

La historia de esta iglesia se remonta al año 1700, casi un siglo después de la llegada de las primeras monjas, que se produjo en 1609. Durante este periodo de tiempo utilizaron para las ceremonias religiosas la vieja ermita de San Bartolomé, que con anterioridad habían ocupado los jesuitas, que se hicieron cargo de ella durante su primer asentamiento en Caravaca hasta su traslado a la calle mayor. Pronto su capacidad resultó ser insuficiente por sus reducidas dimensiones «que apenas puede seruir de oratorio particular como en la sacristía de baxa y estrecha y el mesmo defecto anbos coros”, por lo que decidieron construir una nueva iglesia, aunque se encontraron con el problema de que no tenían espacio para ello, “atendiendo a que no podian dar ensanche a el dicho conbento por ninguna parte por estar yslado por anbas partes con dos calles publicas» por lo que en 1673 intentaron apropiarse de una casa contigua propiedad de Dª. Juana Clara Muñoz (la actual Casa de la Cruz) pero tuvieron que desistir  del intento, aunque durante algún tiempo ocuparon el inmueble, adecuando una de las salas de la casa para ser utilizada como iglesia, «a donde celebran los diuinos ofiçios».

Finalmente consiguieron el espacio necesario para la misma adquiriendo unas casas y huertos de los herederos de Dª. Catalina Navarrete, situados junto a la parte trasera del monasterio aunque separados de él por la calle del matadero, lo que planteó numerosos problemas a lo largo de todo el desarrollo de las obras. Una vez conseguido el terreno pasaron a reunir el dinero necesario para dar comienzo a las obras, dedicándose durante los primeros meses del año 1700 a vender algunos censos y bancales que poseían, entre ellos una hacienda en Santa Inés, y cobrando cuantas deudas podían. Buscaron asimismo un arquitecto para que hiciese el proyecto y dirigiera las obras, siendo finalmente elegido el lorquino Manuel Serrano, quien se encontraba en esos momentos en Caravaca trabajando en el nuevo colegio de la Compañía de la Jesús. Los planos que realizó para  «fabricar una iglesia contigua al convento, para honra y gloria de Dios y para que Su Divina Majestad esté con la veneración y culto que debe» fueron aprobados por las religiosas, por lo que el 9 de junio de 1700 se redactó la correspondiente escritura, en la que se especifica que «el dicho Manuel Serrano ha de fabricar toda la dicha iglesia hasta dejarla en perfección, a su costa y expensas, con los materiales que tiene ajustados y tratados en la planta que el mismo tiene entregada al convento y demas condiciones que constan de un papel que tiene hecho», comprometiéndose a realizarla por 32.000 reales de vellón, que le serían pagados en diferentes plazos.

Debido a las especiales características del solar, la abadesa del monasterio pidió al ayuntamiento que les autorizase a utilizar la calle del matadero, ya que «hauiendo reconocido el sitio se halla ser corto y poco capaz y que en atención a que la calle que ba al Matadero no es util a los vecinos, se les conzeda licencia para poderla atajar y fabricar la Iglesia en ella por ser para el seruizio de Dios y culto suyo». No hubo acuerdo entre los regidores, comunicando a las religiosas que dieran traslado de la petición al Real Consejo de Ordenes al tratarse de «una calle publica por donde pasan las prozesiones del Corpus, Ssma. Cruz y asi mismo paso publico al Matadero». Mientras tanto los trabajos continuaban, aunque no siguiendo los planos y cláusulas fijadas, por lo que las monjas denunciaron al arquitecto, siendo este detenido y confinado en la cárcel de Caravaca, donde ya se encontraba preso en octubre de 1700. El pleito se siguió en la Real Chancillería de Granada, fallándose a comienzos de 1703 a favor de las monjas, condenando a Manuel Serrano a pagarles 9.999 reales por no haber cumplido «con lo pactado y tratado con dicho convento». Pasó entonces a hacerse cargo de la obra el arquitecto alicantino nacido en Ibi José Vallés, constructor de la extraordinaria fachada principal de la Colegiata de San Patricio de Lorca, que en esta época se encontraba en nuestra población finalizando el Templo de la Stma. y Vera Cruz.

A pesar de todos estos inconvenientes, parece ser que las obras apenas sufrieron interrupciones en estos años, ya que durante 1704 y 1705 las clarisas obtuvieron del ayuntamiento licencia para cortar diversas cantidades de pinos para la construcción de la iglesia. Mientras tanto, no se sabe si por sugerencia del Real Consejo de Ordenes o del nuevo constructor, se optó por abovedar la calle del matadero uniendo de esta manera las dos partes en que estaba dividida la propiedad y construir sobre la bóveda el altar mayor de la iglesia. Esto no fue del agrado de las autoridades municipales quienes en 1706 paralizaron la obra y encarcelaron a José Vallés y a su hijo Félix como responsables de la misma. La religiosas presentaron la correspondiente queja ante el Real Consejo de Castilla, aduciendo que ya existían construidos otros dos arcos  y que la calle era «de las mas inservibles que hay en la villa». El Consejo dio la razón a las monjas, librando una Real Provisión fechada el 3 de junio de ese año, ordenando al concejo caravaqueño a la reanudación de las obras y a la puesta en libertad de los encarcelados en el plazo de una semana a partir de la presentación de la Provisión, lo que tuvieron que acatar las autoridades locales con el consiguiente disgusto. Por su parte, las religiosas no cejaron en su empeño y en febrero del año siguiente volvieron a dirigirse al ayuntamiento para pedirle que autorizase el cimbrado de la calle, puesto que dejarían espacio suficiente para el tránsito por ella. El ayuntamiento se reunió el 18 de febrero y tras estudiar la propuesta se comisionó a uno de los regidores para que «reconozca las medidas y forma que a de tener la fabrica que pretende hazer de forma que no embaraze el comercio a los vecinos con cabalgaduras cargadas de paja, leña y otras cosas». Tras comprobar la veracidad de lo solicitado, la licencia fue concedida el 7 de abril de 1707.

Todos estos problemas, unidos a la falta de dinero, hicieron que la obra fuese sufriendo retrasos hasta el año 1718, en que quedó finalmente concluida, presentando un aspecto muy parecido al que hoy ofrece, con planta de cruz latina, dos capillas laterales y dos coros, uno alto a los pies del templo y otro bajo en el crucero, siendo sus medidas 25 metros de largo y 11’60 de ancho en el crucero.

En cuanto a la dotación de la misma, parece ser que esta se realizó paulatinamente, según la disponibilidad económica de cada momento. El 10 de febrero de 1718, a punto de concluirse las obras, las religiosas encargaron al artista Francisco Chamorro la realización de un sagrario de diez palmos de alto por importe de 1.200 reales que debía estar concluido y entregado antes de finalizar el mes de junio. Con esto ya se podía colocar el Santísimo Sacramento e inaugurar la iglesia. Debido a la proximidad de la festividad de Santa Clara decidieron hacer coincidir ambas celebraciones. La traslación y colocación del Santísimo tuvo lugar el viernes 12 de agosto de 1718, precedida de una solemne procesión, en tanto que la festividad de la fundadora se trasladó al domingo 14, celebrándose con misa y oficios religiosos en la nueva iglesia, a ambos actos concurrieron las autoridades municipales y gran cantidad de fieles.

Hasta 1728 no se acometió la tarea de realizar el retablo del altar mayor. El 22 de marzo de este año, las monjas claras solicitaron y obtuvieron del ayuntamiento la donación de 100 pinos para su construcción, cuya fabricación se encargó a los tallistas murcianos Bartolomé y Blas Sáez, que lo concluyeron al año siguiente, siendo descrito en 1931 como «una bellísima obra de retorcidas columnas salomónicas, todo cubierto de flores y hojarasca». Este retablo, que es el que aparece en la foto que acompaña este artículo, fue destruido en 1936, colocándose en su lugar, al término de la guerra civil, uno procedente del antiguo convento de San Francisco de Caravaca, que con anterioridad había estado instalado en la Iglesia de la Soledad, restaurándose toda la capilla en 1944.