Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Aunque no de nacimiento, Dª. Dolores Michelena fue una gran caravaqueña que tuvo una especial relevancia en el ámbito social, cultural y festivo de nuestra ciudad durante las casi cuatro décadas que vivió en ella.

Doña Dolores nació en San Sebastián en 1872 en el seno de una familia de la alta burguesía, encabezada por D. Manuel Michelena y Múgica. Al igual que sus hermanas, recibió desde la más tierna infancia una esmerada educación, llegando a dominar los idiomas francés e inglés además, naturalmente, del castellano y el vasco. Tampoco se descuidó su educación musical, como era habitual en la época, siendo una más que aceptable interprete de mandolina. Se casó en primeras nupcias con un señor apellidado Urquijo que era Gobernador del Banco de España en San Sebastián, pero enviudó pronto, lo que la sumió en una gran tristeza. Para ayudarla a superar este momento, una tía suya de nombre Magdalena la invitó a que la acompañara a un viaje que tenía pensado realizar a Caravaca; la razón de este viaje era visitar la ciudad natal de su marido de la que se encontraba ausente muchos años. El esposo de su tía, que era a su vez tío del cantaor “Niño de Caravaca” de gran fama en los años treinta y posteriormente en México, se había afincado en la capital donostiarra tras cumplir en ella el servicio militar, periodo en el que conoció a la tía de Dolores, contrayendo posteriormente matrimonio con ella.

Dolores Michelena llegó a Caravaca a mediados de 1915, quedando maravillada por la Stma. y Vera Cruz, a la que ya tenía gran devoción desde que su bisabuela recibiera el regalo de una de ellas por parte de un peregrino. Una de las personas que le enseñaron nuestra ciudad acompañándola en sus paseos fue Miguel Martínez Asensio, pronto nació entre ellos una relación especial que desembocó su boda celebrada el 1 de septiembre de 1916 en la iglesia parroquial de Villa Ascensión de San Sebastián.

Su relación con la Cruz comenzó prácticamente desde su llegada, pues ya a en los últimos meses de 1915 donó un libro, conservado todavía, de firmas con la cubierta bordada por ella misma para recoger los testimonios de los devotos que acudían a visitar la reliquia “en prueba de respeto y admiración a la Stma. Cruz, gloria de Caravaca”. Este hecho fue recompensado con su nombramiento como Hermana Honoraria de la Cofradía. Al año siguiente obsequió un paño de altar, igualmente bordado por ella, a la iglesia de la Vera Cruz, que fue expuesto durante las fiestas en el escaparate de un comercio de la calle mayor, “ante dicho establecimiento ha desfilado el pueblo entero para admirar tan artística y primorosa labor”. En 1932 donó un nuevo álbum con las pastas de plata, desaparecido en la actualidad, para recoger “los latidos de amor, plegarias y nombres que sus hijos dedican a la Excelsa Patrona y así queden archivados”. Realizó también donaciones a otras iglesias caravaqueñas, en especial a El Salvador, Santa Elena y la Concepción, para la que bordó una “primorosa y artística cortinilla para el Sagrario”.

Tras su matrimonio fijó su residencia en Caravaca en la calle Canalejas, primero en el nº 6 y posteriormente y de forma definitiva en el nº 2, faltando de ella tan solo durante los años que duró la Guerra Civil, época en la que se trasladó a su casa familiar de San Sebastián. Se integró pronto en la vida social de la ciudad, colaborando con diversas asociaciones benéficas y caritativas. Son varias las facetas dignas de mención que desarrolló a lo largo de su vida, siendo tal vez la más sorprendente la de empresaria cinematográfica, que desarrolló a partir de 1947 con la construcción y posterior gerencia de un cine en la Gran Vía al que puso su nombre. Una de sus grandes aficiones era la literatura, en la que hizo también sus pinitos: en 1932, con motivo del 7º Centenario de la aparición de la Cruz, publicó un relato titulado “La Cruz y el Peregrino”, en él que narra la curiosa historia antes mencionada de cómo una antepasada suya tuvo conocimiento de la existencia de la Cruz de Caravaca al tiempo que refleja la existencia de peregrinos en el siglo XVIII que visitaban la reliquia difundiendo asimismo su culto en otras regiones de España. También es autora de una obra de teatro, de título “Historia representable de la Aparición de la Santísima Cruz”, que se estrenó en el Teatro Thuillier de Caravaca el 26 de abril de 1946 a beneficio de la Cofradía de la Cruz y su Comisión de Festejos, que produjo unos ingresos de 1.972 pesetas, parte de las cuales se destinaron a la confección de un nuevo vestuario diseñado por ella misma para los grupos de moros y cristianos participantes en las fiestas de la Cruz. Un año antes, en 1945, se había encargado asimismo del vestuario de la señorita Isabel Alfocea, que en ese año participó en las fiestas como reina mora.

Pero sin duda alguna, su contribución mas destacada al mundo festivo caravaqueño fue con los Caballos del Vino, en los que tuvo una influencia extraordinaria. Doña Lola, como popularmente era conocida por muchos de sus convecinos, comenzó a participar con este festejo a los pocos años de su llegada colaborando con destacadas familias caballistas como “los Rabietas”, “los Peruelos” y “el Catifas”, siendo la ganadora en 1921 del primer premio de enjaezamiento, concurso que se realizó ese año por primera vez. En esa época los caballos se enjaezaban con colchas, mantones de Manila y otras piezas domésticas, a las que se añadían otras piezas como briones de cuero, pechos pretales de lana o cuero, y una bandera, que era la única pieza nueva que se confeccionaba y renovaba cada año, premiándose de este modo la armonía entre el caballo y la ropa que vestía. Sus conocimientos artísticos, especialmente en el bordado, hicieron que tuviera gran facilidad para vestir y adornar el caballo con pocos elementos, “con una colcha y unos recortes de fieltro enjaretaba un Caballo del Vino”. Su afán por engrandecer y mejorar el festejo hizo que poco a poco fuera introduciendo innovaciones, un año realizó un manto de flores naturales, en el que invirtió la cantidad de 3.000 pesetas. Pero su gran logro en este campo tuvo lugar a mediados de los años cuarenta del pasado siglo, pasando a realizar piezas diseñadas y bordadas especialmente para los Caballos del Vino, consiguiendo en esa época varios primeros premios. Desgraciadamente el paso del tiempo ha hecho que solo se conserve uno de ellos, bordado con motivos orientales sobre fondo negro.

Otra de sus actividades digna de mención fue su participación en la fabricación del actual relicario de la Stma. y Vera Cruz. Tras la llegada del nuevo lignum crucis se abrió una suscripción popular para recaudar fondos para tal fin. El papel desarrollado tanto por Dª. Dolores como por su esposo, que fue Hermano Mayor de la Cofradía durante 1933, fue fundamental, pues no solo se hicieron cargo del dinero que faltaba (en esto también participó otro caravaqueño que hizo fortuna en el País Vasco), sino que también se encargaron de contratar y supervisar la fabricación del mismo, haciéndolo en el taller de joyería de los Hermanos Beldarían de San Sebastián, a los que le unían lazos familiares y que ya se habían encargado de las pastas de plata del anteriormente mencionado libro de firmas de 1932. Además de las enumeradas realizó otras muchas colaboraciones con la Cofradía de la Stma. y Vera Cruz, por lo que fue finalmente nombrada Hermana Mayor Honoraria de la misma.

Dº. Dolores Michelena falleció en Caravaca el 10 de septiembre de 1953 a los 71 años de edad a causa de una hepatitis, siendo enterrada en el cementerio de nuestra localidad, algunos años mas tarde sus restos fueron exhumados y trasladados por sus sobrinas a San Sebastián, donde reposan finalmente en el panteón familiar.