Francisco Fernández García (Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Las más recientes investigaciones sobre la etnia gitana coinciden en señalar el año 1425 como el de su entrada en la península ibérica. En Caravaca desconocemos cuando se produjo, aunque la referencia documental más antigua conocida sobre su presencia data del 25 de agosto de 1561, fecha en que se avecindan en nuestra ciudad tres de ellos, cuyos nombres eran Sebastián de Heredia, Francisco de Ríos y Esteban Hernández. El siglo XVI va a ser problemático en ciertos aspectos para esta etnia ya que durante el mismo existe hacia ella un gran rechazo social acrecentado por el temor que sentía gran parte de la población; no obstante su participación en las fiestas populares con sus bailes y danzas y su pericia con el ganado equino hizo que poco a poco su presencia fuese mas habitual y tolerada. En este sentido podemos recordar el acuerdo adoptado por el Concejo de Caravaca el 13 de enero de 1593 contratando a un gitano apellidado Maya para que averiguase el número de caballos y potros existentes en el municipio y su término señalándole un salario de seis mil maravedís anuales con la obligación expresa de residir en la villa durante el todo tiempo que emplease en su cometido. En cualquier caso parece que la presencia de gitanos habitando en Caravaca fue siempre muy poco numerosa; en el padrón de milicias confeccionado en 1598 solo se reseña uno, Martín de Robles de 30 años de edad que vivía en el Cabecico de la Cruz y que era conocido con el apodo de “el gitano”.

La coexistencia de miembros de etnia gitana con los habitantes de Caravaca se manifiesta poco problemática durante el siglo XVI, sin embargo el panorama cambió a finales del año 1601 cuando comenzaron a producirse protestas contra cuatro familias de gitanos a las que se había autorizado su avecindamiento con la condición de «que avian de trauaxar y no pedir limosna ny andar bagando y holgando» prohibiéndoles que se trajeran y permitieran vivir en sus casas a otras personas que no fueran las que estrictamente formaran parte de la unidad familiar. Parece ser que no cumplieron las expresadas condiciones por lo que el Concejo informado de ello por «personas graues y religiosas» que calificaban sus comportamientos de «dañosisimos e perniciosos a esta republica porque hazen mill embustes», solicitando que los echasen de la villa. A la vista de estas declaraciones el Concejo adoptó el 10 de diciembre de ese año el acuerdo de expulsarlos y alzarles la vecindad, dándoles de plazo para que abandonasen Caravaca hasta el «dia de año nuevo proximo venidero principio del año de mil e seisçientos e dos». No se conocen los nombres de estos gitanos, aunque tal vez dos de ellos pudieran ser Rodrigo de Malla, que se avecinda el 29 de octubre de 1601 y Francisco Bermúdez que lo hizo el 12 de noviembre.

Ocasionalmente llegaban a Caravaca compañías artísticas ambulantes integradas por gitanos, ejemplo de esto lo encontramos en el año 1653 en que se contrató a una de ellas para realizar una danza en la festividad del Corpus o en 1655 en que se aprovechó la estancia en la villa durante las fiestas de la Cruz de una de estas compañías para que ejecutasen una danza el 3 de mayo pagándoles por ello 150 reales. En estos casos no solía haber conflictos y cuando terminaban su trabajo se marchaban sin causar ningún inconveniente, no ocurría lo mismo con los que se asentaban durante algún tiempo en la villa, de modo que el 10 de mayo de 1656 harto de los problemas y perjuicios que originaban el Concejo de Caravaca decretó una nueva expulsión de la villa de los gitanos argumentada en esta ocasión «por el gran daño que hacen en los panes y guerta». Sin embargo su asociación con delincuentes y gentes de mal vivir continuaba siendo un lastre para ellos, siendo esta la causa de que en ocasiones no se les permitiera su estancia en Caravaca; así, entre las disposiciones adoptadas para la celebración de la feria de septiembre de 1715, encontramos la prohibición de entrar a la villa a gitanos y gariteros por los juegos ilícitos que practicaban timando a los incautos.

Así se mantuvieron las cosas hasta el 19 de septiembre de 1783 en que Carlos III dictó la Real Pragmática Sanción en la que reconocía a los gitanos como ciudadanos españoles permitiéndoles elegir libremente su lugar residencia y oficio. Con motivo de la entrada en vigor de esta disposición, el 20 de diciembre de 1784 se ordenó realizar un censo general de gitanos en todos los reinos de España.

Las averiguaciones realizadas en Caravaca dieron como resultado que solamente vivía una familia compuesta por José Arjona, de 44 años y de profesión esquilador y bracero, y Antonia Navarro, su mujer de 50 años, ya que su único hijo llamado Francisco y conocido con el sobrenombre de “Votín” se encontraba preso en las reales cárceles de Lorca por contrabando y otros excesos. También se indica en el testimonio enviado a la Escribanía del Consejo Real por el Alcalde Mayor en 1785 que esta familia estaba avecindada en Caravaca antes de la promulgación de la Pragmática Sanción, que «dichos Arjonas estaban aplicados, a el ejercicio de esquiladores de caballerías, y a el trabajo que les salía», que habían mantenido buena conducta hasta el delito cometido por el hijo y que con motivo de la entrada en prisión de este el matrimonio se encontraba residiendo en Lorca.

A pesar de las leyes integradoras el término gitano continuó teniendo un carácter peyorativo siendo aplicado a personas que no eran de esta etnia para definir su mala condición; con este sentido lo encontramos utilizado por el Concejo de Caravaca en un documento de 1802 para referirse a ciertos malhechores «muchos de los facinerosos y otros que se llamaron gitanos, que no lo son por origen y naturaleza y andan ablando legua de gerigonza, haciendo trueques y cambios de cabalgaduras».